Mostrando las entradas con la etiqueta StopAnimalCruelty. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta StopAnimalCruelty. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de marzo de 2011

. when cruelty is on the way .

Como primer punto, me gustaría aclarar que aunque este blog sufre largos períodos de abandono, siempre tengo la intención de retomarlo y de usarlo con regularidad para expresar un montón de cosas que, creo yo, distan mucho de lo que son las entradas de los primeros tiempos. En mi vida ya no se trata de estar enamorada de un imposible, de ir y venir con un novio que simplemente era obvio que no era para mí y que, bingo, resultó ser un completo idiota; no se trata de lloriquear porque no puedo comprarme un disco de Keane importado o contar cómo va mi proyecto de GreenStories, para lo que tengo otro espacio. Creo que ahora se trata llanamente de las cosas concretas e importantes en mi vida. Las cosas en las que quiero basar esa vida, las que quiero conseguir, las que quiero aprender, las que quiero enseñar. Y les aseguro que ni una de esas cosas son materiales. Se acabó el materialismo en mi existencia, porque me parece que al fin alcancé un punto que está más allá.
Dicho esto, aunque nadie lee mi blog y lo sé, y no los culpo, sé que ahora aún menos se van a interesar, y está bien. Después de todo, esto lo escribo para mí misma. Mis recuerdos, los que quizás pierda cuando mi memoria falle más de lo que ya falla, es lo único que quiero preservar.

El verdadero punto de esta entrada es una especie de análisis nacido a partir de un “debate” que hice mediante twitter con una amiga y que surgió cuando dije que me parecía que las personas que lastiman o matan a un animal, deberían ser tratados del mismo modo en que ellos trataron a sus víctimas. Lo que mi amiga Ale denominó, con razón, “ojo por ojo”.
Nunca estuve realmente a favor de la pena de muerte, pero me gustaría que todo el mundo parara un segundo y pensara en algo. Imagínense que asesinan a su padre por robarle el auto; que violan a su hermana cuando va a tomar el colectivo para ir al colegio; que abusan de tu hija de cinco años en el jardín de infantes. Imagínense la impotencia, el dolor, la desesperación que conllevaría enterarse de un hecho como ese. Piensen realmente lo que deben sentir las personas que de verdad pasan por estas experiencias, cambien de piel, pónganse en sus lugares. Y díganme que no pensaron, ni por un segundo, que los responsables de lo que le pasó a su padre, su hermana, su hija, su prima, su vecina, lo que sea, no merece sufrir tanto como la persona a la que hicieron víctima.
Ale me decía que yo, al querer matar, torturar, lastimar al responsable de algo semejante, me estoy convirtiendo en eso que quiero repudiar. Quizás sea así. Quizás en un momento de profundo dolor y desconcierto, en lugar de abrazar esa parte nuestra que es racional y justa, simplemente nos aboquemos a querer destruir, a querer devolver el golpe. Le dije que, por ejemplo, los pedófilos no merecen mi compasión. Que bajo ninguna circunstancia los defendería, nunca diría que sus vidas valen algo como para no castigarlos. Probablemente soy una persona horrible y todos me juzguen por lo que estoy diciendo. ¿Pero cómo se perdona una atrocidad semejante? ¿Pones a una persona detrás de las rejas y, con el sistema penitenciario de nuestro país, esperás a que en unos años, por buena conducta, lo dejen libre? Alguien que hace algo tan terrible como matar, violar, herir de esa forma, no se reforma. No se rehabilita. No cambia. Va a salir y va a volver a hacer lo mismo.
Sé que la pena de muerte tampoco sería la solución, que con cómo se maneja la justicia argentina, con mucha seguridad podrían condenar a alguien inocente, que todo se volvería un caos… pero lo que tenemos ahora tampoco es justo, así que yo me pregunto cuál es la verdadera salida.

Después de esto le dije a mi amiga que en realidad lo que a mí me importa en este momento no son las personas, si no los animales. El maltrato animal es un delito que debería ser penado por la ley, pero hagan la prueba de ir a la comisaría y denunciar a un cartonero por el estado en que está el caballo que tira de su carro repleto. Hagan la prueba de denunciar a ese vecino al que se le mueren todos los perros que tiene porque los mata de hambre. Se van a reír de ustedes, porque un animal en esta sociedad no vale nada.
Sostengo que nuestra especie es lo peor que pudo haberse creado. Somos los únicos animales que desatan conflictos bélicos; que matan por codicia, por celos, hasta por diversión; que destruyen a conciencia el lugar en que vivimos; somos los únicos animales con la inteligencia suficiente para razonar, ser lógicos, tomar decisiones, poner opciones sobre la mesa… y somos los únicos que hacemos todo mal.
Hace un tiempo me enteré de un caso que se dio en la zona del hipódromo. Un hombre, aparentemente borracho, VIOLÓ a una perrita, la lastimó, la desgarró y la dejó en un estado tan deplorable que estuvo al borde de la muerte durante unos cuantos días, pero que gracias a la ayuda de una rescatista de un refugio, logró sobrevivir. ¿Qué se hace con ese tipo? Les digo lo que se hizo: nada. No se hizo nada. Porque él es un hombre, y la perrita no sirve, no importa, no existe. Estos grados de perversión se extienden porque nosotros permitimos que se extiendan, porque nadie hace nada por evitarlo.
Tengo seis mascotas en mi casa en este momento, tres de las cuales si no estuvieran acá ahora, habrían muerto hace muchísimo tiempo. Dos perras y una gata que sufrieron abandono, una de las cuales llegó a mí con desnutrición, infección en la piel y casi un principio de hipotermia. Otra a la que mi mamá salvó de debajo de las ruedas de una camioneta. Y otra a la que dejaron en mi jardín hace catorce años simplemente porque no les interesaba tenerla.
Y también pasaron por acá muchos otros casos que demuestran que los humanos somos unos egoístas y nos creemos superiores cuando en realidad somos lo más bajo de la pirámide: cachorros de quince días abandonados en una caja a los que tuvimos que criar a mamadera; una gatita a la que habían, lisa y llanamente, cagado a palos hasta quebrarle la cola, que nunca pudo caminar del todo bien y que tiene, todavía hoy, algunas secuelas psicológicas. Perros a los que sus dueños dejaron porque se mudaban y no tenían espacio para ellos, perros a los que les cerraron la puerta de su casa para dejarlos en la calle, animales de todo tamaño, raza y color abandonados al costado de la ruta, muertos en la mayoría de los casos. Caballos al borde de sus fuerzas. Eso es lo que yo veo todos los días. Y me preguntan por qué no me gusta la gente…
Como para completar, los casos que están dándose en la provincia de Chubut, donde todas las noches salen a matar a los perros a palazos, con la excusa de la superpoblación y con ordenanza municipal en mano, en lugar de castrarlos y promover la adopción que es lo que en realidad se tiene que hacer. Las cazas de ballenas y de focas en otras partes del mundo, por no mencionar las cazas terrestres de zorros, ciervos y cualquier animal que se le ponga enfrente a un tipo con más balas en el rifle que cerebro en la cabeza.
Todos los días me levanto con una realidad que sigue empeorando y eso me llena de indignación. En muchos casos no hay mucho que pueda hacer, excepto mostrar mi desacuerdo y difundir la información que me llega. En muchos casos la impotencia es insoportable, y lloro de amargura y me pregunto por qué las cosas son así, a pesar de saber que son así porque nosotros así lo queremos.
Por eso el destino de la humanidad, pena de muerte o no, me tiene sin cuidado. Mi preocupación no está con los de mi misma especie. Ya somos lo suficientemente egocéntricos para encontrar la manera de salir airosos de la mayoría de las situaciones. Mi preocupación está con aquellos a los que nadie mira y a los que todos abandonan. Los que dependen de nosotros y no tienen voces con las cuales pedir ayuda o quejarse por lo que les toca vivir.
Yo estoy con los que no lastiman a nadie.

L.-

lunes, 23 de agosto de 2010

. De aeropuertos y ladridos .

No hay nada como ir a trabajar y que te reciban un montón de aviones hermosamente alineados, listos para volar. Creo que ésa es una de las cosas que siempre me gustaron de trabajar en el aeropuerto: que sentís que estás en un lugar en el que no hay fronteras. Es como si no estuviera en Argentina. Estoy en la parte del mundo a la que pertenece la persona con la cual voy interactuando a lo largo del día.
Cuando me voy, me pregunto cuándo será mi turno de volver a entrar al
aeropuerto, pero no para trabajar, si no para poder volar yo también.
El sábado llegué cinco minutos antes. No estaba nerviosa. Estaba donde quería estar. Las dos chicas del stand son sumamente agradables y pegamos onda enseguida. El trabajo es bastante simple: se trata de retribuir los impuestos por la compra de productos nacionales a turistas extranjeros. Sólo eso. Requiere muchísima atención para no cometer errores, pero fuera de eso es bastante relajado.
Éstos dos últimos días estuve llegando media hora antes (tengo muy mal cálculo de los horarios de los colectivos) y hoy necesité de toda mi fuerza de voluntad para vestirme y salir camino al aeropuerto. No porque no me guste el laburo, porque hasta ahora tengo que decir que me encanta. Simplemente tengo una gripe demasiado insoportable para poder ser feliz.
Pero fuera de lo mucho que me dolía la garganta y lo frustrante que me resultaba repetirles TODO a los brasileros que exigían que levantara la voz mientras mis ganglios se hinchaban en concordancia, admito que lo disfruto. Me gusta. No hay nada como hablar con alguien de otro país. Abrir un pasaporte, tener un boarding pass en la mano. El tránsito de valijas, la variedad de acentos. La Coca-Cola de diez pesos, los chocolates importados que jamás compré. Gente que recibe amigos. Gente que despide familiares. Aviones que despegan.
Otra cosa que me hace excepcionalmente feliz de éste trabajo es el horario. Tengo tiempo para todo. Ésta mañana, por ejemplo, tuve todo el tiempo del mundo de levantarme, lamentarme por mi gripe, terminar de leer un libro (ver crítica del libro aquí), darme una ducha, terminar de escribir un capítulo para KeaneFics, almorzar con mamá, jugar una partida de solitario, jugar con Alaska, besar a Frodo, cambiarme y salir.
Y ayer domingo, además, tuve tiempo de pasar la mañana en el Refugio San Nicolás, donde hice mi primer día como voluntaria. Tengo que decir que por ser el primer día no hice la gran cosa. Mi gran tarea fue impartir mimos a cuanto perrito se me acercara y dejar que me fueran conociendo. Hay perritos de tres patitas. Hay algunos que están parcialmente ciegos o parcialmente paralíticos. Hay otros que tuvieron accidentes horribles y se recuperaron. Hay algunos que salieron de zoonosis de Lomas de Zamora en un estado deplorable y ahora están terriblemente felices. Y todos, todos ellos buscan un hogar.

Acá hay algunos de los tantos perritos de los cuales ayer me enamoré:

Negrita, una viejita llena de canas súper pancha que le encanta que le rasquen la cabecita.

Rabonita, una saltarina de aquellas. Algunos hijos de puta la tajearon con algo filoso y tiene uno de sus lados lleno de cicatrices.

Trapito, le encanta sentarse a mirar la nada y es HERMOSO.

Trompita tuvo moquillo y quedó con problemas en sus patas, camina bastante chueco, pero es muy alegre, juguetona y cariñosa.

A Manitos no lo pude conocer de cerca, pero es hermoso. Es muy desconfiado de la gente porque tuvo una vida difícil y tiende a morderle las manos a los que considera una amenaza. De ahí el nombre.

El Impecable es un perro precioso, que ahora está súper sano. ¡Tengo que averiguar bien de dónde proviene ese nombre tan particular!

Y ésta es Maite, la gorda hermosa de la que me colgué casi toda la mañana. Es amorosísima y muy mimosa. Amor a primera vista.

Estando ahí en el refugio, uno ve en primer plano la vida difícil de muchísimos animales. Es ahí cuando realmente te golpea el hecho de que hay muchos buenos perros o gatos buscando un hogar donde le puedan dar amor. Por eso es tan importante adoptar mascotas en lugar de comprarlas. Hay muchos esperando una segunda oportunidad, pero no hay gente suficiente con las ganas de otorgarla.

¡Si fuera por mí me los traigo a todos!

L.-

lunes, 9 de agosto de 2010

. Under pressure y otros cuentos .

Hace ya unos días que debería haber escrito éste post, pero desde el jueves que todo viene pasando a una velocidad increíble.
Y hablando del jueves, empecemos por ahí.
Mi último día de estudio antes del examen. Estaba obviamente histérica, esperando con ansias mi última clase particular esa tarde para poder despejarme todas las dudas que quedaban que, lamentablemente, parecían ser demasiadas. Estaba por cambiarme para
salir rumbo a la casa de la profesora cuando el teléfono suena y mi mamá me pasa diciéndome que era precisamente ella. Se le ocurrió elegir el mejor día de todos para decirme que no me podía dar clases porque tenía otro compromiso. Entré en pánico y colapsé de nervios todo al mismo tiempo. Me tomé un café y agarré todos mis apuntes. No dejé de hacer ejercicios hasta las once de la noche, cuando la mano me latía de dolor y cansancio y decidí darme una ducha, despejarme, y dejar todo ahí. Que fuera lo que tenía que ser.
El viernes a la mañana volví a encontrarme en un pasillo lleno de púberes. Volví a sentirme más fuera de lugar de lo que me había sentido en toda mi vida. Estaba nerviosa, sí. pero otra vez la frase retumbando en mis oídos, casi susurrada, como si estuviera al l
ado mío, agarrándome la mano, inclinándose para decírmela: There’s no reason to be so nervous. Sí, Tim. De nuevo Tim. Siempre Tim.
Me senté frente a mi examen con mucha más confianza de la que había creído tener. Eran sólo dos ejercicios y sabía a rajatabla lo que tenía que hacer. Los hice. Prácticamente sin error alguno.
Poco menos de dos horas más tarde, salía del colegio con otro seis, otro aprobado y, ésta vez, con la satisfacción, el alivio, la incredulidad de tener mi título. De ya no ser la tarada de veintiún años que debe materias de la secundaria. Sabiendo que ahora tengo to
das las puertas abiertas y que si estaban cerradas era por mi propia testarudez y mis propios miedos absurdos.
Llegué a casa exhausta a más no poder y me metí adentro de mi pijam
a rosa. El pijama de la victoria.
Descansé sin excepción alguna hasta el sábado por la mañana. A las tres de la tarde se realizaba una nueva marcha por los perros de Neuquén y la verdad es que la vez a
nterior descubrí cuánto me gusta apoyar estas cosas, así que no tenía intención de faltar. Volví a agarrar mi cartel y salí al Obelisco. Llegamos a ser dos mil quinientas personas. Marchamos a la Casa Rosada y de ahí al Congreso. Se hicieron tres actos realmente conmovedores. Fue como estar en el lugar del mundo donde tengo que estar.
Éstas son algunas fotos que saqué de la marcha:

Después de todo esto, me tomé el subte hasta Caballito para pasar el fin de semana en la casa de Camila y Paula. Me dolían las piernas, la espalda y las manos pero no me importaba porque estaba contenta con lo bien que había salido todo.
Tuvimos una noche tranquila de pizza y película. Escuché la canción nueva de Keane de la cual me enamoré desde el primer acorde. Y otro domingo tranquilo de mate y Vlogbrothers.
Hoy me levanté tarde y acompañé a Camila a hacer algunos trámites entre frappés y delineados de un proyecto nuevo (ver proyecto aquí). Volví a casa igual que siempre: en un viaje largo que termina con la triste desilusión de vivir en el lugar donde menos quiero estar. Pero de puertas adentro, y sin ventanas cerca, me siento mucho más en casa.

L.-

martes, 3 de agosto de 2010

. De marchas y balances de ocho columnas .

Éste post va a ser una especie de potpurrí, dado que estos últimos días apenas he tenido tiempo de respirar, mucho menos de escribir en el blog.

Aunque parezca inusual, voy a ir de atrás para adelante.

Ayer fui al colegio. Empezaban las clases y necesitaba a toda costa saber cuándo rendía. Casi tengo un infarto al ver que mi prueba de SAC era hoy y la de Matemática el viernes. De más está decir que colapsé y no paré ni un segundo de hacer asientos, mayorizaciones, balances de ocho columnas, análisis de costos y presupuestos hasta que fueron las doce de la noche y caí rendida contra las almohadas, sabiendo que mis pobres neuronas habían alcanzado ya un límite.
Esta mañana me levanté mitad histérica, mitad bien. Por un lado, consi
dero que ésta es mi última oportunidad para sacarme éste desastre escolar de encima y, por otro, la frase de Tim Rice-Oxley (felizmente recordada por Paula en un mensaje de texto) retumbándome en la cabeza, como un sedante: “There’s no reason to be so nervous”.

Cuando llegué al colegio (no hay nada peor que volver a un lugar que no te regaló un puto instante de alegría), estaba incómoda y deseando que todo terminara de una vez por todas. Estar parada en un pasillo, esperando rodeada de pre-adolescentes te hace preguntarte qué carajo estás haciendo con tu vida. Tengo veintiún años. Ya estoy vieja para la secundaria.
Cuando te golpean esas dolorosas revelaciones referentes a la edad es
terrible. Es la primera vez que me siento vieja en mi vida. Y no creo que lo sea en absoluto, es sólo que me doy cuenta que hay lugares que ya no tienen que ver conmigo… y sigo teniendo que ir a ellos de todos modos por no haber hecho lo que debí en su momento. Genial.
Me concentré en la prueba sin pensar en nada más durante una hora y media. Como siempre, al llegar al maldito balance de ocho columnas, tenía una diferencia. Me faltaban setecientos pesos en algún lado y no lograba darme cuenta en dónde. Y entonces vi que había anotado mal el valor de una amortización acumulada. Lo arreglé, lo volví a sumar y, gloriosamente y como pocas veces me ha ocurrido, todo el ejercicio contable estaba impecablemente hecho. Maravilloso. Sin error alguno.
Lo entregué y esperé muchísimo más calmada a que lo corrigieran. Mi profesor siempre tuvo una onda excelente conmigo. Quizás porque siempre fui callada y presté atención, nunca le falté el respeto y fuera de lo dura que fui con los números desde que nací, fui una buena alumna. Dejó mi examen para lo último, porque siempre trata de darme una mano si me falta un poco para llegar al aprobado. Sólo que ésta ve no hizo falta y me plasmó un hermoso seis en mi hoja, me hizo firmar y me dijo que me podía ir.
Aprobé. No lo puedo creer. Estoy un pasito más cerca de terminar con esto que vengo arrastrando de hace cuatro años. Al fin. Ahora sólo me falta lo que considero va a ser un desenlace apocalíptico, cual Impacto Profundo, Armaggedon o El Día Después de Mañana: Matemáticas. O pasa un milagro o se acaba el mundo. No hay muchas más alternativas.

Y ahora retrocedo un poquitito hasta el fin de semana. El pasado domingo primero de agosto fui a la marcha nacional contra la ley para matar a los perros callejeros en Neuquén. La primera vez que voy a una marcha, pero definitivamente no la última.
Estar apoyando algo en lo que crees se siente mucho mejor de lo que jamás me había imaginado. Fui con el miedo de estar yo sola sentada en frente del Obelisco, pero llegué a una multitud de gente en la Plaza de la República, que con el correr de las horas alcanzó centenas y centenas. Muchos habían ido con sus perros, que ladraban con los aplausos, marchaban con carteles o remeras en las que se podían leer “No al maltrato animal”.
Hice un cartel para la ocasión, y aunque no me quedó muy lindo, se ve que a algunos les gustó porque le sacaron varias fotos:

Me acompañó Adrus con su novio, Facu. Las dos tenemos perros de la calle, así que supongo que de alguna manera estábamos tratando de defenderlos a ellos.
Todavía no me entra en la cabeza como puede existir gente tan despreciable que quiera quitarles la vida a otros seres vivos. Cada día que pasa me resiento más y más hacia la sociedad. Al fin y al cabo todo lo que está mal, está así porque nosotros lo causamos: la co
ntaminación, las guerras, la violencia… todo sale de las mentes humanas. Y ahora se la agarran con los pobres perros, los animales más dulces y buenos que existen. Es indignante.
Afortunadamente, se logró frenar la matanza que estaba programada para ayer, pero no se canceló definitivamente. Cada día tenemos que ser más y más voces para estos animales y para todos los otros que sufren sin parar en todas partes del mundo. Por eso éste próximo sábado se realiza una nueva marcha a nivel nacional e internacional en busca de borrar esta ley espantosa de nuestras vidas para siempre. Acá está el link de Facebook con los detalles de la marcha, para todos los que deseen asistir: http://www.facebook.com/event.php?eid=117434851639142&ref=mf . Una vez más, me voy bien firme al Obelisco, por mis perros y por todos los demás.

Algunas fotos de la marcha del pasado domingo:


L.-

viernes, 30 de julio de 2010

. Marcha contra la matanza de perros en Neuquén .

En la provincia de Neuquén se aprobó una ley que autoriza la matanza de perros callejeros, alegan que hay “superpoblación canina” y que los perros abandonados transmiten enfermedades. Hay muchísimas opciones para detener el flujo de perros abandonados en la calle, ya sea fundando refugios municipales, castrándolos y sobre todo, adoptando.
En el transcurso de ésta última semana doscientos veinte perros fueron asesinados gracias a esta ley. Para pedir que este horror pare y buscar nuevas soluciones, se va a realizar una marcha nacional éste domingo a las 15.30 en distintos puntos del país. Éste es el link de Facebook del evento para que todos puedan buscar la marcha más cercana a su localidad.
Yo voy a estar en el Obelisco y si alguien se me quiere unir, serán bienvenidos y seré feliz. Por favor, si no pueden asistir, sólo les pido que le pasen ésta información a todos los que conozcan. Cuántos más seamos, mejor.


¡Gracias!

“La pregunta no es si pueden razonar, tampoco si pueden hablar, si no, ¿pueden sufrir?” – Jeremy Bentham.


viernes, 16 de julio de 2010

. Looking for Alaska .

El título no quiere decir que me vaya a poner a hablar sobre el libro de John Green (salvo para una muy breve explicación, pero realmente va a ser breve). Éste posteo se trata de algo muy diferente.

En el día de ayer, una de las mañanas más frías de lo que va de este invierno, mi mamá llega de hacer las compras y me dice que en la puerta del almacén habían abandonado tres perritos. Uno había desaparecido, otro lo había agarrado una señora de un negocio y la última estaba sentada en el sol, temblando, mirando para todos lados, muertísima de frío. Mamá me mira con pena. Sin dudarlo un segundo, le digo: ¿La vas a buscar vos o la voy a buscar yo?
Y un ratito después, llegó Alaska. Bautizada así mitad por el libro de John Green, mitad por haber aparecido en un clima más que helado, con los ojitos al principio tristes y ahora mucho mas felices, se instaló sin oposición alguna en una cajita en nuestro garage. Con mamá notamos que le escaseaba bastante pelo en distintas partes de su cuerpito falto de alimento, y con el temor de que pudiera ser una sarna en sus etapas tempranas, ésta mañana la llevamos a la veterinaria, con la intención de ayudarla a ella y de prevenir, a su vez, que nuestros otros cuatro perros se pesquen alguna enfermedad gratuitamente.
Pero Alaska está perfecta. La falta de pelo se debe, como era de esperarse, al abandono, a la necesidad de poner comida en su pancita. Con una vacuna, bastante amor y algunos platos repletos de balanceado y leche, va a estar como nueva en unos pocos días. Y entonces Alaska va a necesitar una casita nueva.
Lamentablemente y por mucho que me pese, no estamos en condiciones de tener cinco perros más una gata, por lo que Alaska está en adopción RESPONSABLE. Quién tenga un corazón lo suficientemente grande para brindarle todo el cariño que necesita (y merece), me lo hace saber en los comentarios así nos ponemos en contacto. Si no es posible que alguno de ustedes (si es que queda alguien por ahí) la adopte, pido por favor que me ayuden a difundir. Acá la tienen siendo absolutamente adorable:


Todos los días cuando salgo a la calle veo más y más perros abandonados. Todos los días en internet, en la televisión, escucho sobre nuevos casos de maltrato animal. Se me estruja el corazón de dolor por no poder apaciguar el sufrimiento de esos pobres bichitos que no tienen la culpa de que los seres humanos sean unos verdaderos (y el calificativo es adecuado así que no voy a pedir disculpas) hijos de puta. ¿Quién puede abandonar tres cachorros a su suerte con éste frío, en un barrio donde los perros son simples cosas que la gente tiene en sus casas y no les dedica cuidado? ¿Quién puede apalear a un gatito bebé hasta que no queda más que un pobre estropajo peludo bajo la lluvia? ¿Quién puede sobrecargar a un caballo con más y más peso, hasta que el pobre animal no pueda más ni con su alma y encima tenga que soportar que le peguen para que vaya más rápido?
Todos los días veo estas cosas y me muero de rabia e indignación. Y protesto, miro mal a los responsables y espero que se den cuenta de sus errores. ¿Pero cómo les van a importar sus mascotas cuando ni siquiera tratan bien a sus propios hijos?

Me siento impotente por no ayudar como quisiera. Y aunque mi viejo se queje, se ponga de mal humor y bufe cada vez que con mamá traemos un animalito, no me interesa. Yo los voy a seguir trayendo, los voy a seguir curando y les voy a seguir buscando un lugar donde los quieran si yo no me los puedo quedar. Porque cuanto más conozco a las personas, más quiero a los animales. Porque como ellos no tienen voces, alguien tiene que hablar en su lugar.
Un animal no es un juguete, un accesorio, un adorno para el jardín de la casa. No es una herramienta de trabajo ni un guardia de seguridad. Si vamos al caso, tampoco son comida, abrigos y zapatos. Son seres vivos. Respiran. Aman. Sufren. Como nosotros, pero muchas veces peor. La sociedad tiene que empezar a darse cuenta de que no podemos disponer de todo lo que existe en el mundo como si fuera de nuestra propiedad. La sociedad tiene que empezar a concientizarse y abrir los ojos a la realidad de que cada mañana cuando nos levantamos, estamos equivocados.

Y si algún día, alguno de ustedes (¿hola?) quiere tener una mascota, tengan en cuenta todo eso. No quieran un perro porque es lindo. No gasten ochocientos pesos en un negocio cuando hay refugios superpoblados de perros que necesitan un hogar, o centros de zoonosis (el mismísimo infierno en vida para cualquier animal) repletos de pobres bichitos que de a poco se van muriendo, si no es por desnutrición, por maltrato o alguna enfermedad, por pura tristeza. Si querés una mascota, no compres. Adoptá. Vas a ver que nadie te va a querer tanto, ni te va a agradecer tanto todos los días, como ese perrito, o ese gatito al que le diste una segunda oportunidad.

L.-