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lunes, 19 de julio de 2010

. Día lluvioso, a.k.a. ¡buena suerte! .

Hoy tuve que ir a IBM. ¡Chan, chan, chaaaaaan!
Sí, señores, tuve que regresar muy a mi pesar a ese edificio donde tenía mucho miedo de quedarme encerrada y que no me dejaran salir y me obligaran a atender el teléfono.
La cuestión es que el viernes pasado me llamaron para decirme que, de una vez por todas, me iban a pagar lo que me debían. Salté de alegría cuando corté el teléfono y después de que se me pasara la euforia de “¡voy a poder pagar alguna deuda!” me di cuenta de que podía llegar a darse la posibilidad de toparme con Adrián, a.k.a El Indeseable, y empecé a rogarle a las fuerzas cósmicas que ya haya renunciado y no tener que cruzármelo en lo que sería un encuentro terriblemente incómodo y muy, muy, muy poco feliz (para no decir NO FELIZ).
Así que ésta mañana me levanté, después de un sueño en que me decían que mi liquidación contaba de treinta y nueve pesos con noventa y yo empezaba a cagar a puteadas al tipo de recursos humanos, me tomé el café sin el que no puedo vivir en estos días y partí cruzando los dedos a favor de dos pequeñas ilusiones: a) que la liquidación alcanzara al menos trescientos pesos y, b) pasar inadvertida ante los ojos de cualquier empleado conocido de IBM, en especial Adrián, a.k.a. El Pesado.
Tras un lluvioso recorrido por la ciudad, llego a la empresa. Subo al primer piso, tratando de no llamar mucho la atención ni de mirar a alguien que pudiera reconocerme y colgarse a hablarme (o, en otras palabras, joderme) y le digo a la recepcionista que había ido a cobrar. Como la entrada estaba llena a morir de almas a ser próximamente consumidas por el infierno de la compañía, a.k.a. Empleados Nuevos Esperando a Empezar el Training, me pidieron que esperara en el break room. De más está decir que creí que nunca, nunca, nunca, never iba a volver a tener que sentarme en esas mesitas, de ese lugar en particular, que no iba a volver a ver trainers conocidos yendo y viniendo y, todavía PEOR, ver al tarado de Mark, a.k.a. El Accent Trainer, pavoneándose como si fuera de California, cuando es más de Berazategui que otra cosa.
Habré estado ahí unos diez minutos (que se me hicieron diez horas) y después, cuando se desocupó la recepción, me mudé ahí donde no me parecía tan terrible, aunque miraba con cierto pavor la puerta cada vez que se abría. Después de otros diez o quince minutos, viene el gerente de recursos humanos, a.k.a. El Boludo Que No Quería Pagarme, con una pilita de papeles y me hace pasar a uno de los salones desocupados. Pone sobre la mesa los papeles y me indica que me siente; y mientras lo hacía le echo un vistazo al Señor Cheque, ése que estuve esperando con tantas ansias. Segurísima de que miré mal, o de que ése cheque no podía ser mío, o de que mi humilde cheque de treinta y nueve con noventa estaba más abajo, lo miro a él, esperando que me explique.
Y me da ese Señor Cheque, a la suma de mil novecientos un pesos con cuarenta centavos.
Estuve así, así de cerquita de subirme arriba de la mesa y ponerme a bailar la Macarena, principalmente por el hecho de que ésa es casi la suma a la que ascendían mis deudas.
Después del papeleo (firmé todo con la mano temblorosa, lo único que quería era cazar el cheque y salir corriendo a cambiarlo) y algunas formalidades varias, salgo a la calle, agarrando la cartera como si adentro llevara lo más preciado del mundo, a.k.a. Una Entrada a Un Recital de Keane, llamando a mi vieja a toda velocidad que el BlackBerry me permitía, con unas ganas de llorar tremendas porque de repente sentía como si hubiera perdido quince kilos de preocupaciones.
Corrí las seis cuadras hasta el Standard Bank de 9 de Julio como si me hubiesen dicho que estaba Tim Rice-Oxley usando el cajero. Estaba casi sin aire, mirando el numerito que tenía en la mano (B23), intercalado con la pantalla que anunciaba la caja. Vi cómo la chica del otro lado del vidrio me contaba uno por uno los billetes. Me puse impaciente porque quería meterlos en mi billetera. Aproveché para dejar ir en un sobre de un cajero novecientos pesos en concepto de tarjeta de crédito. Salí de ahí, caminando feliz bajo la lluvia y crucé hasta Sarmiento para tomar la combi de vuelta.
Cuando llegué a casa, mamá me esperaba con una pizza casera y panqueques de postre. Dormí una siesta tardía. Dormí libre de preocupaciones, como no había dormido en los últimos dos meses o más.
Me desperté feliz a jugar con Alaska.

Llevo años diciéndolo, pero cada vez lo creo más y más fervientemente. Los días de lluvia tengo muy buena suerte.
Quizás por eso empiece a necesitar que llueva más seguido. Y no pienso usar paraguas.

L.-

martes, 9 de marzo de 2010

. On a day like today .

Tengo una especie de obsesión respecto a las fechas. Relaciono los días en cuanto a fechas que tienen que ver con Keane. Por ejemplo, creo fervientemente que del 6 al 14 de cada mes, mi suerte es mucho más generosa que el resto de las semanas. (Vale aclarar, que del 6 al 9 se refiere a los días que Keane pasó en Buenos Aires en 2009, y del 10 al 14, los del 2007).
Sé que estoy completamente loca, pero siempre me da un rayito de esperanza saber que están llegando esos días en los que siento que todo puede ir un poco mejor. Prácticamente todos mis trabajos anteriores se dieron en éstas fechas, o a veces simplemente tengo días excepcionalmente buenos sólo porque es 11.
La cuestión es que hoy es 9 de marzo. Hoy, hace exactamente un año, estaba despidiendo a Tim Rice-Oxley en la puerta del hotel Hyatt. Me saqué mi última foto con él, lo abracé, lo besé y, dedicándome una última sonrisa, se subió a la camioneta que lo esperaba atrás. Ése día se fue dejándome con la más absoluta e increíble felicidad. Un año más tarde miro sus fotos con los ojos llenos de lágrimas y le pido que me devuelva aunque sea un poquitito de esa alegría, de esas ganas de vivir, de esa fuerza.
Hace un par de días me habían llamado del aeropuerto por un currículum que dejé. La chica del otro lado del teléfono confirmó algunos datos conmigo, me dijo que iba a pasarle los currículums a los dueños del local, que estaban de vacaciones, y prometió que en dos días me estaban llamando de nuevo. Eso nunca pasó y esa pequeña lucecita que se me había encendido al final del túnel (llamémosle la puerta trasera por la que uno puede escapar de IBM) se apagó de golpe.
Mi madre, a la que a veces debería escuchar más, fue lo suficientemente inteligente para anotar el número de teléfono que apareció en el identificador de llamadas. Y cuando vio que yo empezaba a consumirme ante la posibilidad de tener que quedarme anclada donde estoy por no encontrar otra cosa, comenzó a insistir incansablemente con que llame y pregunte qué pasó.
Pasaron dos semanas, más o menos. La verdad que yo me resistía a llamar porque tenía miedo de extinguir del todo esa lucecita. Que me largaran el no definitivo. Y ésta mañana me levanté (tarde, me quedé dormida accidentalmente y no fui a trabajar) y me dije “¿por qué no?”.
Y tenía que ser 9. Las palabras textuales de la chica fueron “¡gracias por llamar! Le di los currículums a un chico para que se los pasara a los dueños y los perdió, no podíamos llamar a nadie. ¿Podrás traerlo de nuevo? La idea es que empiece alguien ya, hace quince días que no me puedo tomar un franco porque no hay nadie que me cubra. Traeme el currículum, después te venís un día a ver bien cómo son las cosas y si estás conforme quedás contratada.”
¡Ay, si tuviera a Rice-Oxley acá! ¡Cómo lo estaría abrazando, agradeciéndole la lucecita nueva que me está prendiendo en reemplazo de muchas otras!
Pienso ir corriendo al aeropuerto a llevar ese currículum. Voy a correr como si fuera ese 7 de marzo hace un año atrás, luchando con la pesadez de mis piernas para estar cerca del escenario (en lo posible, esta vez no debería doblarme al medio, sin aire, con una puntada en el pecho). Voy a correr como si Tim me llevara de la mano a encontrarme con la misma paz que me dejó ese 9 de marzo de 2009.
¿Qué haría yo sin él?


L.