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sábado, 17 de abril de 2010

. Just a hopeless dreamer .


Tengo algunas particularidades que me hacen ser exactame
nte como soy y que, malas o buenas, no cambiaría por nada del mundo. (¡No otra vez, al menos!)
1- Si me engancho con un libro, puedo devorarlo en un solo día, sin importar la cantidad de páginas que tenga.
2- Siempre que viajo (tren, colectivo, combi, micro, auto, ¡lo que sea!) dentro de mi cabeza se van formando frases que forman párrafos que forman parte de alguna historia que estoy escribiendo.
3- Siempre me olvido las frases y párrafos que se forman en mi cabeza mientras viajo.
4- Los sonidos que más disfruto son la lluvia y el silencio.
5- Me gusta ir a Paseo La Plaza los días de semana, al mediodía, cuando todos están en sus respectivos trabajos, y sentarme en un banco de madera debajo de un árbol, escuchando música tranquila de fondo y escribirle cartas a Tim que nunca envío.
6- Cada vez que voy a algún lado con mi mamá, no puedo evitar comprarle todo lo que quiere a pesar de que mi billetera y mi cuenta bancaria se vayan vaciando alarmantemente.
7- Me gusta mucho el ciboulette. La hierba y la palabra.
8- Me declaro como una semi-vegetariana: no como carnes rojas, pero sí como pollo y fiambres. Ni yo me lo termino de explicar todavía.
9- Me gusta hacer girls night completamente sola: me pongo música que me guste o alguna serie, como con palitos chinos, me hago un facial y termino en la cama con un buen libro.
10- Detesto los celulares con pantalla táctil.
11- Amo mi Blackberry.
12- Colecciono peluches de orugas.
13- Soy adicta a los bizcochitos de grasa de la panadería.
14- Me gusta el mate dulce y lavado.
15- No le tengo paciencia a mi pelo, por eso prefiero tenerlo corto.
16- Me gusta más lo salado que lo dulce, pero nunca le digo que no a un chocolate o a una caja de Sugus Confitados (perdición total, ¡más los de color rosa!).
17- He llegado a ver Notting Hill tres veces en el mismo día. Y lloré como una marrana cada una de esas veces.
18- A pesar de que Hugh Jackman, Gerard Butler y Josh Holloway están para ser comidos con cuchara, mis actores preferidos son Ian McKellen y Colin Firth.
19- Uno de mis trabajos soñados sería entrar en British Airways.
20- La realidad es que mi aspiración profesional sería ser Beth, la asistente personal de Keane.
21- Tengo una afición a los moños, y si son rosas mucho mejor.
22- Nunca me gustó mostrar las piernas pero ahora muero por los vestiditos.
23- Bajé doce kilos en dos meses y todavía no me explico cómo lo hice.
24- Siempre me engancho con más series de las que puedo ver.25- Estoy enamoradísima de Ned, el pastelero de Pushing Daisies (uno de los dos hombres en esta tierra con el que me casaría sin dudarlo).
26- Elijo los nombres de mis futuros hijos según personajes de libros que me marcaron.
27- Compro vinilos de Keane por el mero hecho de tenerlos, aunque no tengo manera alguna de reproducirlos.
28-
No volví a lavar (ni a usar, vale aclarar) las zapatillas que usé el 7 de marzo de 2009 en el recital de Keane del Club Ciudad.
29- Si no me levanto con Tim cantándome These Days desde el celular, mi día empieza muy mal.30- Lloro prácticamente por todo.
31- Amo a mis mascotas, pero mi debilidad absoluta es mi perrito Frodo.
32- Odio cuando la gente le pone nombres comunes y repetidos a sus mascotas (y ni hablar de cuando le ponen nombres ridículos a sus hijos).
33- El lugar donde más cómoda me siento es en una reunión de Fan’s Club.34- Tengo MUY mala memoria.
35- Me hace feliz retozar en mi cama los domingos a la mañana.
36- No sirvo para dormir hasta tarde, excepto que esté en la casa de mis primas.
37- Me encanta la Navidad, pero Año Nuevo me deprime.
38- Me gusta cocinar, pero sólo cosas dulces.
39- Odio a una parte de mi familia.
40- Me gusta hacer manualidades y organizar fiestas.
41- Siempre quiero estudiar algo, pero nunca me decido a empezar.
42- Soy un poco inconstante en prácticamente todos los aspectos de mi vida.
43- Mi risa cambia con el paso del tiempo.
44- Mi grupo de amigos es una de las mejores cosas que me pasó en la vida.
45- Siempre empiezo a ahorrar para irme de viaje a UK, pero nunca me dura la plata.
46- Lo más que duré en un trabajo fueron seis meses.
47- Nunca entendí por qué gente como Shakira o Enrique Iglesias canta (y por qué ganan tanta plata) o por qué gente como Marcela Morelo y Diego Torres no se jubilan de una vez.
48- Detesto la televisión abierta.
49- No tengo paciencia para sacar fotos.
50-
Prefiero irme de vacaciones en invierno y caminar por al lado del mar bien abrigada.
51- Me gustan los fideos más que cualquier otra comida.
52- Invento recetas que no siempre salen bien.
53- A veces voy caminando hasta el hotel Faena nada más que para recordar mis días más felices, cerrar los ojos e imaginar que sigo ahí.
54- Necesito tener siempre a mano algo para escribir.
55- Con algunos libros me emociono tanto que hasta pego grititos, me río sola o lloro más que con cualquier otra situación de la vida real.
56- Me encanta la ropa y tengo buen gusto para vestirme, pero nunca gasto plata ni tiempo en hacerlo.
57- Sueño todo el tiempo, no importa si estoy despierta o dormida.
58- A veces hablo sola en inglés sin darme cuenta.
59- No entiendo ABSOLUTAMENTE NADA de autos.
60- Siempre quise aprender francés.
61- Mi beatle preferido es Ringo.
62- Quiero una laptop rosa, pero le tengo mucho amor a mi viejo cacharro aparatoso que se hace llamar computadora.
63- Colecciono los tags de las aerolíneas que se caen de las valijas en el aeropuerto.
64- Me gusta pintarme los labios de rojo.
65- Se me pegan frases que detesto, como: “te re cabió”.
66- Puedo leer el Señor de los Anillos un millón de veces sin cansarme jamás.
67- Amo andar descalza en verano.
68- Me gusta bañarme con agua caliente y dejar que me caiga en la parte de atrás del cuello durante un buen rato.
69- Tengo un montón de proyectos que no sé cómo realizar y a veces hasta me da fiaca averiguarlo.
70- Los análisis de sangre son, para mí, un sinónimo fiel de “tortura”.
71- El Lemon Pie me puede.
72- Mi trago preferido es el daikiri de frutilla.
73- Abrazo gente todo el tiempo.
74- Hay canciones que me ponen la piel de gallina.
75- Me divierte tener blogs.
76- Uno de mis tantos sueños es tener una librería como la que tiene Meg Ryan en Tienes un E-mail.
77- Tuve tres granitos en un cachete durante meses. Use mil cremas y no logré sacarlos. Dejé de ir a IBM y desaparecieron.
78- El olor del desodorante Nivea Double Effect me hace acordar a la última visita de Keane.
79- Siempre trato de llevar diarios, pero me aburro rápido porque nunca tengo mucho que contar.
80- En mi habitación tengo la hora de Buenos Aires en la computadora… y la de Londres en el reloj del escritorio.
81- Me encantan los juegos de mesa (y los juegos en general) y me enoja que mis amigos no quieran seguir jugando xD.82- Adoro a las boy bands noventosas, en especial a los Backstreet Boys y Westlife.
83- Por alguna razón, los niños tienden a adorarme.
84- Extraño la casa de Banfield.
85- Últimamente caí en la tentación de descargar libros de Internet. Siempre preferí tener el libro de verdad en la mano, ¡pero algunos no se consiguen y aparte no tengo mucho capital, que digamos!
86- Podría leer Corazones Salvajes, de Jayne Ann Krentz TODOS LOS DÍAS.87- A pesar de lo fastidioso que resulta, siempre se me termina pegando algún que otro tema de alguna banda poco gloriosa (por ejemplo, los Jonas Brothers u.u)
88- Muchas veces desearía que escribir fics fuera un trabajo redituable.
89- Me irrito si, de tanto en tanto, no me dejan un buen rato sola.
90- Sigo pensando, más que nunca, que los hombres inalcanzables son mil veces más maravillosos que cualquier otro que puedas cruzarte en la calle.
91- Amo las tardes de Starbucks/McDonald’s con Kmi y Ema hablando de libros.
92- Me gusta quedarme dormida después de horas y horas charlando con Pau en la oscuridad.

93- No hay nada como levantarse todos los días con una sonrisa porque sabes quién sos, qué querés y qué te hace feliz.

Entre muchas, muchas otras cosas.

L.

martes, 30 de marzo de 2010

. De aeropuertos y conejitos reventados .

Ayer pasaron varias cosas, pero hacia el final del día estaba tan trastornada que ni siquiera pude escribir un mero posteo de blog.
Me levanté dificultosamente, sabiendo que me quedaban sólo horas de maravillosa soledad e independencia. Quería remolonear en la cama, dormir otro poquito. Pero, en vez de eso, les hice caso a los cuatro perros enloquecidos que rogaban que me separara de la almohada y me levanté. Los dejé salir al soleado jardín y, ya libre de sus aullidos de desesperación, me hice un café para tratar de despertarme.
Tenía una pequeña lista de cosas por cumplir, entre ellas dejar la casa absolutamente presentable para el momento en que mis señores padres retornaran de sus vacaciones, en un maduro intento de demostrarles lo organizada y autosuficiente que soy y, por otro lado, también ir al aeropuerto. El domingo a la mañana vi un anuncio en el diario sobre un puesto de trabajo y, deseando como deseo poder trabajar ahí, lo marqué con una X bien grande y me dije a mí misma que no podía perderme ésta oportunidad.
Así que terminé mi café (admito que me costó bastante no dejarme distraer por el MSN. Esto de tener un Blackberry es una maravillosa perdición) y empecé con la tediosa tarea de limpiar la casa. Imaginen mi histeria cuando advertí que mis dos pequeños pekineses estaban cubiertos de barro y me dejaban marcas de patitas por todas partes. Eso significó tener que empezar de cero.
Hacia el mediodía, ya con la mitad de la casa limpia y perfecta, me di una ducha rápida y me vestí para poder salir. Pasando por la ventana del living, me pareció que el cartero dejaba algo de correspondencia, por lo que agarré las llaves y salí al jardín para buscarla, y de paso meter a los perros y ya dejarlos adentro para irme.
Sophie, la perra callejera de ojos saltones que en realidad nadie puede estar seguro de que sea un perro, porque parece una mezcla de suricata y lémur, estaba tranquilamente recostada en las escalinatas de entrada a la casa. Un par de facturas habían quedado enganchadas de las rejas. Pero eso no era todo. En el escalón detrás de Sophie había un bulto negro y, extrañada, preguntándome qué quilombo habían hecho los perros ahora, me arrimé.
Entonces vi las orejitas largas. Suaves y sedosas orejitas de conejo. El problema, en realidad, fue el cuerpo, ya todo destrozado, hecho un menjunje de pelusita negra y sangre.
Volví a entrar por el garage, diciéndome a mí misma que me quedara tranquila, que estaba todo bien, pero hiperventilando al mismo tiempo. Casi con convulsiones, llamé llorando a mi mamá, que no logró entender lo que pasaba hasta que se lo conté por tercera vez. Pegué un grito de aquellos cuando me dijo que iba a tener que agarrar una bolsa y juntarlo y, mientras sentía que me subían las arcadas, terminó diciéndome que lo tapara con un trapo de piso y lo dejara ahí, que ella lo iba a limpiar cuando llegara.
Estuve muy cerca de ponerme el pijama de nuevo y meterme en la cama, pero quedarme en casa en cercanía del conejito reventado me parecía tan terrible como tener que cruzar el jardín para salir a la calle. Tras unos minutos de lucha interna, me calcé mis sandalias y salí, con las piernas temblando como gelatina y sin poder pensar en otra cosa que en ese pobre bichito escondido debajo del trapo gris.
Ése tiene que haber constituido el peor viaje en colectivo de la historia, incluyendo el 15 desde Vicente López a Caballito, que me tuve que bajar con Camila a mitad de camino en el barrio Chino porque me bajó la presión y me quedé medio ciega, y el del 318 al Puente La Noria el otro día, para mi entrevista en Lugano. Tuve ganas de vomitar durante todo el viaje, el estómago revuelto y las piernas temblorosas no me dejaban pensar en otra cosa y, para todo esto, la entrevista ya me importaba un pito. Cerré los ojos, me calé los auriculares y traté de dejar que la voz de Tom me diera un poco de paz. Hasta Looking Back me pareció maravillosa en ese instante (hablando en serio, ¿qué carajo les pasaba por la cabeza cuando hicieron ese tema? O mejor dicho, ¿qué les pasaba por la cabeza cuando decidieron hacer colaboraciones con K’naan?).
Para cuando llegué al aeropuerto, la vista de los aviones desde la ruta, el piano de Tim en mis oídos y los buenos recuerdos que fluyen constantemente en ese lugar, habían logrado que mis piernas recobraran la firmeza, así que me propuse preocuparme por lo laboral en ese momento y dejar lo del conejo para más adelante.
La entrevista, según creo yo, fue muy buena. Me veo con bastantes posibilidades, es un trabajo que conozco, que no me resulta difícil, y las condiciones de contratación son realmente buenas. Me siento bastante optimista al respecto y salí de ahí sintiéndome muchísimo mejor y ya con la ansiedad de que mi teléfono suene pronto para tener noticias al respecto.
Y todo se me fue al carajo cuando llegué a casa y encontré las tripas del conejo en la bajada del auto.
Vale aclarar que cuando llegaron mis padres, cerca de las siete de la tarde, estaba blanca como un papel. Como la nieve que cubre los campos de Battle en invierno. Como un helado de crema americana. Como el relleno de un cheese cake. Como la remera que tenía puesta Tim Rice-Oxley el día que finalmente pude abrazarlo.
La verdad disfruté de mis diez días de soledad. Disfruté todo. Pero cuando vi que llegaba mi mamá casi me pongo a llorar de alivio: si se hubiese quedado un día más hubiese tenido que juntar al conejito reventado con una pala y meterlo en una bolsa de consorcio.
Que buen final de vacaciones, ¿eh?

L.

domingo, 21 de marzo de 2010

. On my own .

Éste es mi segundo día viviendo sola, nuevamente, pero esta vez no le estoy cuidando el departamento a nadie: estoy en mi propia casa. Estar en Monte Grande no es ni remotamente igual a estar en Caballito, y definitivamente el entretenimiento es muchísimo más escaso. Aunque, debo agregar, los quilombos son mayores.
Por ejemplo, como tengo una casa grande, y tengo también un parque grande con mucho pasto, pileta, y demáses, mis cuatro perros van y vienen constantemente, felices de tener todo el espacio. Sin embargo, hoy llovió. Lo que quiere decir que estuve todo el día corriendo atrás de ellos, secándoles las patas para que no ensuciaran el piso que con tanto esmero limpié ésta mañana, chillándoles para que no se suban a los sillones, rogándoles que no se hicieran pis adentro, imposibilitados como estaban de salir al aire libre.
Pero a pesar de que hay factores que molesta, la soledad y la independencia resultan simplemente magníficas. Ésta mañana me levanté (antes de lo que hubiera deseado porque los perros lloraban), me puse un jogging y una remera cómoda, salí a comprar el diario y a buscar algo para desayunar a la panadería. Volví a casa, caminando bajo la lluvia, me hice un café, desplegué el diario sobre la mesa y lo leí apaciblemente mientras mordisqueaba bizcochitos de grasa. Una vez que terminé de revisar los clasificados, puse música de fondo y le pegué una limpiada a la casa e, incluso, (aunque muchos no me lo vayan a creer) lavé algo de ropa que tenía por ahí.
Tras un pacífico almuerzo mirando Friends, llegó Adrián. Miramos una película abrazados en el sillón con la lluvia de fondo y después tomamos un café con magdalenas. Tuve un día técnicamente perfecto y planeo terminarlo tan maravillosamente como pueda (en éste momento se me ocurre meterme en la cama y leer hasta quedarme dormida).
Tengo toda una semana solita por delante y pienso sacarle el mayor provecho posible. Mañana quizás vaya a tirar algún que otro currículum más por ahí, pero fuera de eso estoy pensando en dedicar mi tiempo libre y a solas para terminar un fic que estoy escribiendo, al que sólo le resta el capítulo final que me anda fastidiando un poco.


Otra vez estoy demasiado dormida para escribir algo coherente. Creo que llegó la hora de dejarme caer en la cama de mi madre (obviamente estoy aprovechando una cama de más proporciones ahora que la tengo toda para mí) y buscar ese libro. Y mañana será otro día.

L.

martes, 23 de febrero de 2010

. De campos, glándulas y otros cuentos .

Después de probar durante unos días lo maravilloso de la vida en una gran ciudad, me enfrenté a su contraste absoluto y me perdí en el medio de la nada durante todo el fin de semana.
Si bien me encuentro más entre edificios y tráfico, mentiría si dijera que el campo no me envuelve con su encanto. Aire puro, silencio, paisajes que te roban el corazón… siempre soñé que, en un futuro no muy lejano, ese sería el entorno en el que me gustaría instalarme definitivamente: un lugar más que idílico para dedicarse por completo a escribir, que dicho sea de paso, es mi profesión codiciada. No sé por qué, pero siempre en lugares como ese, la historia parece fluir ante tus mismísimos ojos, aunque la mayor parte del tiempo no pasa absolutamente nada a tu alrededor.
La idea de este viaje era festejar el cumpleaños de mi prima y mejor amiga, pero aún así fue tomado como una excusa para viajar y distenderse de los líos varios a los que uno se somete durante el (comienzo) transcurso de la vida adulta. Olvidarse del trabajo y demás obligaciones es demasiado tentador: dejarse llevar a un lugar donde todo lo que hay alrededor es verde, donde el olor de la lluvia no se pierde entre los olores de los caños de escape y la gente amontonada en los subtes… no. Imposible negarse.
Cerrar los ojos y escuchar sólo el susurro del viento. Ver cómo las liebres cruzan el camino empedrado a toda velocidad. Lechuzas que vuelan de una tranquera a otra, mirándote fijamente. Sentarse en el sillón más cómodo de la casa (una casa propiedad de un escocés, lo que significa que hay cosas británicas en cada rincón de la casa, desde un juego de críquet hasta posavasos con imágenes de Londres…) y concentrarse en la visión del cielo mezclándose con la laguna mientras escuchar una selección de temas de Hopes & Fears es inexplicablemente mágico.

Lo que no es mágico, como siempre, es la inevitable vuelta a la realidad. Siempre estas cosas que llenan el alma tienen un final, a veces abrupto y rápido, otros quizás más pacientes, más postergables, pero finales, después de todo. Así que volví a la ciudad y sus embotellamientos, a mi barrio y sus defectos, a mi novio que me recibió con entusiasmo. Volví a las preocupaciones diarias, entre otras, ver a mi endocrinólogo. Desde hace ya varios años que tengo hipotiroidismo, lo que resultó ser una explicación corta y odiosa de por qué siempre fui la más gorda del curso o por qué siempre fui más perezosa que la demás gente de mi edad.
El último problema que me vienen causando mis glándulas alteradas es la pérdida de pelo. Vivo con miedo a quedarme tan pelada como Vin Diesel. Me lavo la cabeza y me saco mechones enteros de mi pobre pelo, que nunca fue nada en especial y ahora mucho menos.
Así que hoy fui en busca de mi solución a ver a mi doctor (que muchas veces tengo la sensación de que parece más un mecánico que otra cosa), que me renovó la medicación y me mandó (como si no tuviera ya bastante médicos en mi haber) a hacer una consulta con una dermatóloga. ¿Problemas, yo?

Y mañana no tengo más remedio, valga la redundancia, que volver al trabajo, después de casi una semana que hace que no voy. La paz, el relax, la libertad se cortan de una manera brusca y, una vez más, es la realidad la que me envuelve. Los sueños, las cosas que tengo ganas de hacer, quedan en un nuevo stand by mientras me sumerjo en un mundo donde todo eso precisamente parece no existir.