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jueves, 13 de enero de 2011

. Empezando con retraso .

Quizás fue por vagancia, quizás fue un arranque de no querer ser convencional, pero no terminé de decidir mis propósitos de año nuevo hasta esta mañana. Como todos los años, los puse por escrito y me pareció una buena idea ponerlas en un blog donde podría verla todo el mundo (o las dos o tres personas que leen esto, en realidad), lo cual ejercería cierta presión y tal vez ayude a que cumpla varias.
Por eso, acá están. Veremos en diciembre qué tal me fue.

  1. Bajar de peso (unos 10 kilos estaría bien) y tratar de mantenerme.
  2. Participar del NaNoWriMo de este año (aunque sea con una historia para GS).
  3. Hacer todo el CBC.
  4. Tratar de ayudar a tantos perros/gatos abandonados como sea posible.
  5. Ir incorporando más comida vegana y descartando los derivados de animales.
  6. Unirme a alguna organización de defensa de los derechos de los animales y participar activamente; o al menos comprometerme con todas las causas que pueda, asistir a las marchas, firmar peticiones, difundir información, etc.
  7. Tener algo de plata ahorrada a fin de año.
  8. Ver Star Wars.
  9. Ampliar mi biblioteca todo lo que se pueda, con al menos un libro al mes.
  10. Escribir no menos de cinco historias.
  11. Ir de viaje, al menos un fin de semana.
  12. Sacar otro libro de GS.
Esperemos terminar mejor que el año pasado. Aunque definitivamente, las metas de este año son un poco mejor que las del que pasó.

L.-

sábado, 1 de mayo de 2010

. Time to wake up and look around .

Esto de que mi conexión a Internet esté en coma me está aniquilando. Me di cuenta de que me volví una completa blog-dependiente. No le veo nada malo, sin embargo. Un buen canal para descargarse no le hace daño a nadie: escribir (sea lo que sea que se escriba) le hace bien al alma.
Hoy (cuando escribo esto, al final del día 29 de abril) estuve desanimada. Un poquitín rota. Un poquitín triste. Un poquitín desilusionada. Un poquitín yo. Porque, al fin y al cabo, siempre me decepciono a mí misma. Y necesito empezar a cambiar eso.
Una fanática de Keane que sueña con ir a Inglaterra ya roza los límites del cliché, pero, aún así, mi deseo de huir a tierras más lluviosas nació hace tanto tiempo que ya no me puedo acordar cuándo fue. Quizás cuando de chiquitas con Paula nos sentábamos en el piso de mi habitación y planeábamos nuestras vidas en una hoja de papel: dónde tendríamos nuestro departamento, qué mascotas tendríamos, a quién le tocaría limpiar el baño, a dónde nos íbamos a ir de vacaciones, de qué color serían nuestras paredes. Ingenuas, por supuesto, porque todo eso no cae del cielo. Pero así y todo estaba muy bueno pasar las páginas de enciclopedias de Geografía y detenernos en los lugares a los que teníamos pensado ir. Y Londres siempre fue una posibilidad.
Desde el primer día de mi primer trabajo mi meta fue juntar lo necesario para un pasaje a El País de Las Maravillas: nunca nada salió como quería. O me iba mal en el trabajo, o el sueldo no alcanzaba, o mis ganas y mis fantasías se pinchaban o surgían problemas que hacían que mis reservas de dinero desaparecieran (¿no es increíble cómo nuestras mascotas tienen accidentes justo cuando la familia pasa por un mal momento económico y hay que salir corriendo al veterinario con los pobres vestigios de tu cuenta bancaria?). De a poco, mi London Dreaming se fue desvaneciendo, haciéndose gris, borroso a la distancia.
Pero nunca desaparece del todo. Cada tanto siento ese pinchazo en el pecho que me lo recuerda. Esa emoción mal disimulada que no puedo contener. Esos planes que no puedo evitar hacer aunque de acá a muchos años puedan variar.
Por eso hoy la depresión me hincó los dientes: porque no hay nada que quiera más en éste mundo que llegar a ese lugar tan hermoso, tan mágico, tan deseado y dejarme tentar por mis sueños. Establecerme. Armar lo que el país que debiera ser mi hogar me tira abajo como un precario castillo de naipes olvidado en la mesa del patio una tarde de viento huracanado. Ver que puedo. Entender que puedo. Aprender que puedo.
Nadie dice que las cosas sean fáciles. De hecho, si las cosas fueran tan fáciles como nos gustaría, a esta altura yo ya estaría casada con Tim Rice-Oxley, escribiendo mi décima novela de éxito mientras espero nuestro segundo hijo, felizmente asentada en una casa estilo Tudor en Sussex, manejando un híbrido y pasando fines de semana románticos con mi marido en Francia.
Decidí armarme de paciencia. Pero esta decisión se basa en sólo un argumento: no me queda otra. Si no me armo de paciencia voy a terminar mandando todo a la mierda en dos horas y media y resignándome a vivir en Monte Grande, partido de Esteban Echeverría, zona Sur del Conurbano Bonaerense, suburbio de porquería, quinto círculo del infierno, por el resto de mis días. Condenada a soportar a mi vecino de enfrente escuchando cumbia los fines de semana a un volumen insalubre, a los pendejos de mierda de la esquina tirando cohetes ruidosos aún en épocas no muy festivas (y a veces a los pobres perros callejeros), a encontrarme gente indeseada cada vez que me aventuro a ir un poco más al centro, a no poder tener una conexión de Internet NUNCA porque acá nadie tiene computadora.
Mi paciencia, por ahora, se traduce en un simple plan de cinco pasos.
1- Rendir las materias.
2- Conseguir trabajo.
3- Estudiar algo feliz.
4- Ahorrar, ahorrar, ahorrar.
5- Irme a la reverenda mierda que me parió.

Ojalá pudiera ponerme un plazo de… no sé, dos años. Y estar totalmente segura de que lo voy a cumplir, obvio. Pero eso no me funcionó anteriormente.
Lo único de lo que estoy segura es que pienso llegar a Inglaterra un once de abril.
El año depende de cuánto tarde en espabilarme.

L.-

martes, 16 de marzo de 2010

. Sick and tired of my wrong turns .

Hoy me despertó Tom cantando Everybody’s Changing vibrando desde mi Blackberry. Atendí el teléfono completamente dormida y, entre el aturdimiento, traté de sonar lo más coherente que pude mientras me informaban que me llamaban por una entrevista de trabajo.
Otro de los tantos currículums que dejé en el aeropuerto sirvió de algo. No estoy segura qué empresa es, ni de qué es el trabajo, ni estuve lo suficientemente despierta para pedir dato alguno. Ya sé, soy una estúpida. Pero entre la confusión de ser arrancada del sueño y el fruncimiento de ceño que me provocó el hecho de que la entrevista es en Lugano, me olvidé de varias otras cosas.
Nunca en mi vida fui a Lugano y, según lo que cuenta mi papá, la ubicación de la oficina tendría que dar lugar a dudas: sus palabras exactas fueron que “está lleno de faloperos y monoblocks”. Great.
Tengo la capacidad de llegar a cualquier parte siempre y cuando esté dentro de la Capital y figure en mi Guía T. Aunque eso no quiere decir que no sea una miedosa que se vuelve un manojo de nervios si, además de tener que meterse en un lugar desconocido, sabe que es un sitio poco agradable. ¡Por amor de Dios, si ni siquiera puedo caminar tranquila por plena peatonal Lavalle los días de semana cuando anochece!
De todos modos, no estoy en condiciones de desperdiciar ninguna oportunidad. Estoy casi de rodillas, suplicando que el trabajo valga la pena y, que si es así, me vaya bien. Decidí considerar una señal el hecho de que la calle de la oficina se llame Timoteo Gordillo.
Por oooooooootro lado, continúo con mi saga sobre Adrián. Después de haber hablado ayer, de haberme sentido tan bien, de haber disfrutado tanto de nuestra charla, hoy nos mandamos unos cuantos mensajes. Hablamos de cosas varias, pero tarde o temprano es inevitable recaer en el tema de lo que nos está pasando. Estos últimos días dijimos varias veces que tenemos que vernos y hablar con calma y la verdad que cuando me levanté hoy, estaba ansiando ese momento. La verdad que sonreí feliz cuando me mandó un mensaje. No sé si es que lo extraño, si me acostumbré a él, si necesito verlo, si fui tonta para no darme cuenta que sentía lo que tenía que sentir o qué. La cuestión es que me hace feliz que me manden un mensaje y sea él quien lo escribió.
Después de algunas idas y venidas, comentarios triviales y preguntas sobre mi cumpleaños, inducida por uno de sus mensajes, le dije que esta semana podíamos hacernos ese ratito para hablar y buscar la mejor solución para los dos a todo lo que nos está pasando. Como una hora más tarde, me dice que lo había estado pensando y que le parecía mejor que no nos viéramos, que hay cosas que a veces no necesitan palabras, sino acciones, que prefería ahorrarme el verlo mal a él y que yo tuviera que quedarme pensando…
O sea… eso de que las mujeres son vuelteras es una pura estupidez. Los hombres también lo soy. ¡Le estoy diciendo de vernos para hablar, nada más! ¡Ni siquiera está seguro de lo que le voy a decir! ¡Capaz que estoy por decirle que quiero que volvamos y el muy boludo ni me da la oportunidad de decírselo!
De hecho, sí estoy pensando en la posibilidad de volver y es casi un noventa por ciento seguro que eso sea lo que le voy a decir. Pero lo que pensé, después de indignarme un poco por su último mensaje, es que está en todo su derecho a no querer que hablemos más. Después de todo, es él el que salió lastimado y es comprensible que quiera ahorrarse más sufrimiento y que no quiera enfrentarse a la posibilidad de un adiós definitivo. Le di mi opinión (que creía que era mejor que hablemos, para que no nos queden más cosas pendientes y sepamos de una vez por todas donde estamos parados y a dónde vamos a parar), pero le aseguré que iba a respetar su decisión, porque lo que yo quería era su tranquilidad.
Veinte minutos más tarde, me decía que tenía razón y que arreglemos para vernos esta semana.
Y sí, quiero verlo. Quiero plantearle aquellas cosas que me parecen necesarias que sepa, aquellas cosas que quizás yo necesitaría para que una eventual relación entre nosotros llegara a funcionar. Quiero ver qué opina él. Quiero ver cómo me siento teniéndolo al lado, dándole la mano, escuchándolo, viéndolo escucharme.
A esta instancia, con todas estas confusiones, dolores de cabeza, vueltas y demás, no entiendo cómo es posible que la gente se relacione. Cómo es posible que no hayamos decidido ser entes solitarios para evitarnos tantas complicaciones, tantos malentendidos.
La moraleja de esta historia es que mañana tengo que ir a un lugar desconocido y que esta semana me tengo que enfrentar a una situación desconocida. Voy a esforzarme por hacer lo correcto en ambos casos, porque la verdad que ya me cansé de meter la pata, de elegir mal, de confundirme.

Y si no vuelvo a aparecer hay dos probables razones: o no logro encontrar el camino de regreso a mi casa, o bien me secuestra una banda de traficantes de órganos.

Preguntándome en qué me voy a meter ahora,

L.

martes, 23 de febrero de 2010

. De campos, glándulas y otros cuentos .

Después de probar durante unos días lo maravilloso de la vida en una gran ciudad, me enfrenté a su contraste absoluto y me perdí en el medio de la nada durante todo el fin de semana.
Si bien me encuentro más entre edificios y tráfico, mentiría si dijera que el campo no me envuelve con su encanto. Aire puro, silencio, paisajes que te roban el corazón… siempre soñé que, en un futuro no muy lejano, ese sería el entorno en el que me gustaría instalarme definitivamente: un lugar más que idílico para dedicarse por completo a escribir, que dicho sea de paso, es mi profesión codiciada. No sé por qué, pero siempre en lugares como ese, la historia parece fluir ante tus mismísimos ojos, aunque la mayor parte del tiempo no pasa absolutamente nada a tu alrededor.
La idea de este viaje era festejar el cumpleaños de mi prima y mejor amiga, pero aún así fue tomado como una excusa para viajar y distenderse de los líos varios a los que uno se somete durante el (comienzo) transcurso de la vida adulta. Olvidarse del trabajo y demás obligaciones es demasiado tentador: dejarse llevar a un lugar donde todo lo que hay alrededor es verde, donde el olor de la lluvia no se pierde entre los olores de los caños de escape y la gente amontonada en los subtes… no. Imposible negarse.
Cerrar los ojos y escuchar sólo el susurro del viento. Ver cómo las liebres cruzan el camino empedrado a toda velocidad. Lechuzas que vuelan de una tranquera a otra, mirándote fijamente. Sentarse en el sillón más cómodo de la casa (una casa propiedad de un escocés, lo que significa que hay cosas británicas en cada rincón de la casa, desde un juego de críquet hasta posavasos con imágenes de Londres…) y concentrarse en la visión del cielo mezclándose con la laguna mientras escuchar una selección de temas de Hopes & Fears es inexplicablemente mágico.

Lo que no es mágico, como siempre, es la inevitable vuelta a la realidad. Siempre estas cosas que llenan el alma tienen un final, a veces abrupto y rápido, otros quizás más pacientes, más postergables, pero finales, después de todo. Así que volví a la ciudad y sus embotellamientos, a mi barrio y sus defectos, a mi novio que me recibió con entusiasmo. Volví a las preocupaciones diarias, entre otras, ver a mi endocrinólogo. Desde hace ya varios años que tengo hipotiroidismo, lo que resultó ser una explicación corta y odiosa de por qué siempre fui la más gorda del curso o por qué siempre fui más perezosa que la demás gente de mi edad.
El último problema que me vienen causando mis glándulas alteradas es la pérdida de pelo. Vivo con miedo a quedarme tan pelada como Vin Diesel. Me lavo la cabeza y me saco mechones enteros de mi pobre pelo, que nunca fue nada en especial y ahora mucho menos.
Así que hoy fui en busca de mi solución a ver a mi doctor (que muchas veces tengo la sensación de que parece más un mecánico que otra cosa), que me renovó la medicación y me mandó (como si no tuviera ya bastante médicos en mi haber) a hacer una consulta con una dermatóloga. ¿Problemas, yo?

Y mañana no tengo más remedio, valga la redundancia, que volver al trabajo, después de casi una semana que hace que no voy. La paz, el relax, la libertad se cortan de una manera brusca y, una vez más, es la realidad la que me envuelve. Los sueños, las cosas que tengo ganas de hacer, quedan en un nuevo stand by mientras me sumerjo en un mundo donde todo eso precisamente parece no existir.