martes, 30 de marzo de 2010

. De aeropuertos y conejitos reventados .

Ayer pasaron varias cosas, pero hacia el final del día estaba tan trastornada que ni siquiera pude escribir un mero posteo de blog.
Me levanté dificultosamente, sabiendo que me quedaban sólo horas de maravillosa soledad e independencia. Quería remolonear en la cama, dormir otro poquito. Pero, en vez de eso, les hice caso a los cuatro perros enloquecidos que rogaban que me separara de la almohada y me levanté. Los dejé salir al soleado jardín y, ya libre de sus aullidos de desesperación, me hice un café para tratar de despertarme.
Tenía una pequeña lista de cosas por cumplir, entre ellas dejar la casa absolutamente presentable para el momento en que mis señores padres retornaran de sus vacaciones, en un maduro intento de demostrarles lo organizada y autosuficiente que soy y, por otro lado, también ir al aeropuerto. El domingo a la mañana vi un anuncio en el diario sobre un puesto de trabajo y, deseando como deseo poder trabajar ahí, lo marqué con una X bien grande y me dije a mí misma que no podía perderme ésta oportunidad.
Así que terminé mi café (admito que me costó bastante no dejarme distraer por el MSN. Esto de tener un Blackberry es una maravillosa perdición) y empecé con la tediosa tarea de limpiar la casa. Imaginen mi histeria cuando advertí que mis dos pequeños pekineses estaban cubiertos de barro y me dejaban marcas de patitas por todas partes. Eso significó tener que empezar de cero.
Hacia el mediodía, ya con la mitad de la casa limpia y perfecta, me di una ducha rápida y me vestí para poder salir. Pasando por la ventana del living, me pareció que el cartero dejaba algo de correspondencia, por lo que agarré las llaves y salí al jardín para buscarla, y de paso meter a los perros y ya dejarlos adentro para irme.
Sophie, la perra callejera de ojos saltones que en realidad nadie puede estar seguro de que sea un perro, porque parece una mezcla de suricata y lémur, estaba tranquilamente recostada en las escalinatas de entrada a la casa. Un par de facturas habían quedado enganchadas de las rejas. Pero eso no era todo. En el escalón detrás de Sophie había un bulto negro y, extrañada, preguntándome qué quilombo habían hecho los perros ahora, me arrimé.
Entonces vi las orejitas largas. Suaves y sedosas orejitas de conejo. El problema, en realidad, fue el cuerpo, ya todo destrozado, hecho un menjunje de pelusita negra y sangre.
Volví a entrar por el garage, diciéndome a mí misma que me quedara tranquila, que estaba todo bien, pero hiperventilando al mismo tiempo. Casi con convulsiones, llamé llorando a mi mamá, que no logró entender lo que pasaba hasta que se lo conté por tercera vez. Pegué un grito de aquellos cuando me dijo que iba a tener que agarrar una bolsa y juntarlo y, mientras sentía que me subían las arcadas, terminó diciéndome que lo tapara con un trapo de piso y lo dejara ahí, que ella lo iba a limpiar cuando llegara.
Estuve muy cerca de ponerme el pijama de nuevo y meterme en la cama, pero quedarme en casa en cercanía del conejito reventado me parecía tan terrible como tener que cruzar el jardín para salir a la calle. Tras unos minutos de lucha interna, me calcé mis sandalias y salí, con las piernas temblando como gelatina y sin poder pensar en otra cosa que en ese pobre bichito escondido debajo del trapo gris.
Ése tiene que haber constituido el peor viaje en colectivo de la historia, incluyendo el 15 desde Vicente López a Caballito, que me tuve que bajar con Camila a mitad de camino en el barrio Chino porque me bajó la presión y me quedé medio ciega, y el del 318 al Puente La Noria el otro día, para mi entrevista en Lugano. Tuve ganas de vomitar durante todo el viaje, el estómago revuelto y las piernas temblorosas no me dejaban pensar en otra cosa y, para todo esto, la entrevista ya me importaba un pito. Cerré los ojos, me calé los auriculares y traté de dejar que la voz de Tom me diera un poco de paz. Hasta Looking Back me pareció maravillosa en ese instante (hablando en serio, ¿qué carajo les pasaba por la cabeza cuando hicieron ese tema? O mejor dicho, ¿qué les pasaba por la cabeza cuando decidieron hacer colaboraciones con K’naan?).
Para cuando llegué al aeropuerto, la vista de los aviones desde la ruta, el piano de Tim en mis oídos y los buenos recuerdos que fluyen constantemente en ese lugar, habían logrado que mis piernas recobraran la firmeza, así que me propuse preocuparme por lo laboral en ese momento y dejar lo del conejo para más adelante.
La entrevista, según creo yo, fue muy buena. Me veo con bastantes posibilidades, es un trabajo que conozco, que no me resulta difícil, y las condiciones de contratación son realmente buenas. Me siento bastante optimista al respecto y salí de ahí sintiéndome muchísimo mejor y ya con la ansiedad de que mi teléfono suene pronto para tener noticias al respecto.
Y todo se me fue al carajo cuando llegué a casa y encontré las tripas del conejo en la bajada del auto.
Vale aclarar que cuando llegaron mis padres, cerca de las siete de la tarde, estaba blanca como un papel. Como la nieve que cubre los campos de Battle en invierno. Como un helado de crema americana. Como el relleno de un cheese cake. Como la remera que tenía puesta Tim Rice-Oxley el día que finalmente pude abrazarlo.
La verdad disfruté de mis diez días de soledad. Disfruté todo. Pero cuando vi que llegaba mi mamá casi me pongo a llorar de alivio: si se hubiese quedado un día más hubiese tenido que juntar al conejito reventado con una pala y meterlo en una bolsa de consorcio.
Que buen final de vacaciones, ¿eh?

L.

sábado, 27 de marzo de 2010

. Bedshaped .

Hoy me di cuenta que está mejor despertarse con una sonrisa entre los brazos de alguien que te ama, que dormirte llorando sobre la imagen de esa persona que ni siquiera reconoce tu existencia.

Sustancial, pero felíz diferencia.

L.

jueves, 25 de marzo de 2010

. Everybody's changing .

O quizás debería decir everything’s changing.

En primer lugar, me asombra (de verdad, se los puedo jurar) el ser increíblemente auto-suficiente. Desde el sábado que estoy conviviendo sólo con mis perros y me siento orgullosa, no sólo por el hecho de que todavía mantengo vivos a la totalidad de ellos, sin contar las plantas, si no que además… me di cuenta que muchas de las cosas que creía no poder hacer, las hago de una manera bastante natural.
Hasta ahora las únicas cosas que había cocinado eran meramente dulces, tortas, galletitas, cosas simples… y el otro día me enfrenté a uno de mis más estúpidos temores: el aceite hirviendo. Pero cuando me senté a la mesa, con mis milanesas de pollo y mi puré de papas, me sentía tan absurdamente feliz y tan obviamente avergonzada de haber hecho un escándalo al respecto, que me dije que no tenía por qué seguir restringiéndome ninguna de las otras cosas.
Y hasta ahora, viene funcionando más que bien. La casa está limpia, la gata, los perros y yo bien alimentados, no quemé ninguna olla y las plantas no se marchitaron.
No está nada mal no sentirse una inútil, para variar.

En segundo lugar, hoy estaba mirando una película. Toda mi vida vi las películas con ojos vidriosos, envidiando a la pareja detrás de la pantalla, admirando su capacidad de amar, de entregarse al otro, de ser feliz, de encontrar en otro ser humano alguien compatible, posible, con quien compartir un momento, un día, semanas, años.
Y hoy, inesperadamente, me encontré libre de esa envidia. Me encontré incapaz de desear lo que esos personajes tenían porque, de una puta vez, yo también lo tengo. Tengo alguien que muere de ganas de salir del trabajo para venir corriendo a casa y abrazarme. Alguien a quien le puedo preparar una cena romántica, con velas y todo. Alguien que con sólo mirarme me hace sentir más linda de lo que me sentí en toda mi vida. Alguien que me da confianza y que borra la vergüenza con besos. Alguien que me entiende, me escucha, me aprecia. Alguien que ve lo que los demás ignoran.
Y hoy, a pesar de todos los demás quilombos que me puedan llegar a agobiar, me di cuenta que soy feliz. A mi manera quizás intermitente, pero feliz. Que estoy satisfecha con la relación que estoy construyendo y que tal vez esa especie de break que nos tomamos ayudó a fortalecer eso, creó la necesidad que hacía falta, creó esa sensación de anhelo mutuo. También pienso que en cierta manera despertó al hombre que tenía al lado, que decidió modificar cosas para mejorar lo que teníamos, que se propuso hacerme feliz a toda costa y lo consiguió nada más que estando al lado mío justo cuando lo preciso. El hombre que me abraza muy fuerte y con el que no puedo dejar de hablar en todo el día, sea por el medio que sea.
No me explico cómo todo eso cambió en tan pocos días. No sé por qué donde antes parecía no haber nada, ahora está todo lo que tenía que haber y todavía más… pero no puedo quejarme. Se siente magníficamente bien.

Me pregunto qué otros cambios estarán por venir…

L.

domingo, 21 de marzo de 2010

. On my own .

Éste es mi segundo día viviendo sola, nuevamente, pero esta vez no le estoy cuidando el departamento a nadie: estoy en mi propia casa. Estar en Monte Grande no es ni remotamente igual a estar en Caballito, y definitivamente el entretenimiento es muchísimo más escaso. Aunque, debo agregar, los quilombos son mayores.
Por ejemplo, como tengo una casa grande, y tengo también un parque grande con mucho pasto, pileta, y demáses, mis cuatro perros van y vienen constantemente, felices de tener todo el espacio. Sin embargo, hoy llovió. Lo que quiere decir que estuve todo el día corriendo atrás de ellos, secándoles las patas para que no ensuciaran el piso que con tanto esmero limpié ésta mañana, chillándoles para que no se suban a los sillones, rogándoles que no se hicieran pis adentro, imposibilitados como estaban de salir al aire libre.
Pero a pesar de que hay factores que molesta, la soledad y la independencia resultan simplemente magníficas. Ésta mañana me levanté (antes de lo que hubiera deseado porque los perros lloraban), me puse un jogging y una remera cómoda, salí a comprar el diario y a buscar algo para desayunar a la panadería. Volví a casa, caminando bajo la lluvia, me hice un café, desplegué el diario sobre la mesa y lo leí apaciblemente mientras mordisqueaba bizcochitos de grasa. Una vez que terminé de revisar los clasificados, puse música de fondo y le pegué una limpiada a la casa e, incluso, (aunque muchos no me lo vayan a creer) lavé algo de ropa que tenía por ahí.
Tras un pacífico almuerzo mirando Friends, llegó Adrián. Miramos una película abrazados en el sillón con la lluvia de fondo y después tomamos un café con magdalenas. Tuve un día técnicamente perfecto y planeo terminarlo tan maravillosamente como pueda (en éste momento se me ocurre meterme en la cama y leer hasta quedarme dormida).
Tengo toda una semana solita por delante y pienso sacarle el mayor provecho posible. Mañana quizás vaya a tirar algún que otro currículum más por ahí, pero fuera de eso estoy pensando en dedicar mi tiempo libre y a solas para terminar un fic que estoy escribiendo, al que sólo le resta el capítulo final que me anda fastidiando un poco.


Otra vez estoy demasiado dormida para escribir algo coherente. Creo que llegó la hora de dejarme caer en la cama de mi madre (obviamente estoy aprovechando una cama de más proporciones ahora que la tengo toda para mí) y buscar ese libro. Y mañana será otro día.

L.

viernes, 19 de marzo de 2010

. Dinner at eight .

Acabo de llegar a casa. Todo lo que atiné a hacer fue cambiarme y conectarme a Internet.
Y no, no es que estuve perdida en Lugano desde ayer y recién ahora encuentro cómo volver a Monte Grande. No. Fui a cenar con Adrián.
Me duele la cabeza y me está entrando sueño, pero el caso es que todo salió más o menos como yo lo quería, con la excepción de que prácticamente no tuve que plantear ninguno de los puntos que necesitaba plantear, porque él mismo los había pensado y decidió ponerlos sobre la mesa.
En realidad... supe que estaba lista para la segunda oportunidad cuando llegué al restaurante donde habíamos quedado (que dicho sea de paso es al que me llevó la primerísima vez que salimos) y nos abrazamos. Con ganas, con fuerzas. Como si ninguno de los dos fuera a soltar al otro.
Hablamos largo y tendido. Los dos expusimos nuestros puntos de vista, lo que queríamos, lo que esperábamos, lo que necesitábamos, lo que temíamos. Y en un momento, cuando estiraba la mano por encima de la mesa para agarrar la mía, me dijo una de las frases más lindas que jamás me hayan dicho: "Si te tropezás quiero ser una pierna para vos, una mano cuando no puedas escribir, ojos cuando no puedas ver..." y de repente sentí que todos esos fics que llevo años escribiendo rayaban la realidad, no eran imposibles. Esos rasgos maravillosos que encontraba en los personajes podían trasladarse a personas reales.
Después de comer, fuimos a caminar. La noche, si bien pegajosa, estaba ideal para darle vueltas a la fuente de la plaza, rodeada de unas flores amarillas brillantes, mientras espantábamos grillos y, de a poco, nos empezábamos a reencontrar. Me hizo reír una y otra vez (no hay nada como un hombre que te sabe hacer reír), fuimos y vinimos bajo el cielo sin estrellas, casi violáceo.
Cuando me acompañó a tomar el remis, era como si estos últimos días no hubiesen pasado. La sensación de familiaridad, de confianza, de cariño... sigue todo intacto, como si no hubiésemos llorado una sola lágrima. Como si las decisiones que tomamos para encaminar las cosas en el lado correcto hubiesen surgido de la lógica o de la mismísma nada.
Estoy bien. Probablemente un poco dormida y en un momento poco lúcido para la escritura, pero al fin y al cabo, bien. A veces puedo ser un tanto retorcida, pero tarde o temprano termino encontrándome la vuelta.

Incluso me dijo que adora el hecho de que sea una groupie de Keane. Si eso no es que me quieran exactamente por lo que soy, entonces no tengo idea a qué carajo se refieren.

L.

martes, 16 de marzo de 2010

. Sick and tired of my wrong turns .

Hoy me despertó Tom cantando Everybody’s Changing vibrando desde mi Blackberry. Atendí el teléfono completamente dormida y, entre el aturdimiento, traté de sonar lo más coherente que pude mientras me informaban que me llamaban por una entrevista de trabajo.
Otro de los tantos currículums que dejé en el aeropuerto sirvió de algo. No estoy segura qué empresa es, ni de qué es el trabajo, ni estuve lo suficientemente despierta para pedir dato alguno. Ya sé, soy una estúpida. Pero entre la confusión de ser arrancada del sueño y el fruncimiento de ceño que me provocó el hecho de que la entrevista es en Lugano, me olvidé de varias otras cosas.
Nunca en mi vida fui a Lugano y, según lo que cuenta mi papá, la ubicación de la oficina tendría que dar lugar a dudas: sus palabras exactas fueron que “está lleno de faloperos y monoblocks”. Great.
Tengo la capacidad de llegar a cualquier parte siempre y cuando esté dentro de la Capital y figure en mi Guía T. Aunque eso no quiere decir que no sea una miedosa que se vuelve un manojo de nervios si, además de tener que meterse en un lugar desconocido, sabe que es un sitio poco agradable. ¡Por amor de Dios, si ni siquiera puedo caminar tranquila por plena peatonal Lavalle los días de semana cuando anochece!
De todos modos, no estoy en condiciones de desperdiciar ninguna oportunidad. Estoy casi de rodillas, suplicando que el trabajo valga la pena y, que si es así, me vaya bien. Decidí considerar una señal el hecho de que la calle de la oficina se llame Timoteo Gordillo.
Por oooooooootro lado, continúo con mi saga sobre Adrián. Después de haber hablado ayer, de haberme sentido tan bien, de haber disfrutado tanto de nuestra charla, hoy nos mandamos unos cuantos mensajes. Hablamos de cosas varias, pero tarde o temprano es inevitable recaer en el tema de lo que nos está pasando. Estos últimos días dijimos varias veces que tenemos que vernos y hablar con calma y la verdad que cuando me levanté hoy, estaba ansiando ese momento. La verdad que sonreí feliz cuando me mandó un mensaje. No sé si es que lo extraño, si me acostumbré a él, si necesito verlo, si fui tonta para no darme cuenta que sentía lo que tenía que sentir o qué. La cuestión es que me hace feliz que me manden un mensaje y sea él quien lo escribió.
Después de algunas idas y venidas, comentarios triviales y preguntas sobre mi cumpleaños, inducida por uno de sus mensajes, le dije que esta semana podíamos hacernos ese ratito para hablar y buscar la mejor solución para los dos a todo lo que nos está pasando. Como una hora más tarde, me dice que lo había estado pensando y que le parecía mejor que no nos viéramos, que hay cosas que a veces no necesitan palabras, sino acciones, que prefería ahorrarme el verlo mal a él y que yo tuviera que quedarme pensando…
O sea… eso de que las mujeres son vuelteras es una pura estupidez. Los hombres también lo soy. ¡Le estoy diciendo de vernos para hablar, nada más! ¡Ni siquiera está seguro de lo que le voy a decir! ¡Capaz que estoy por decirle que quiero que volvamos y el muy boludo ni me da la oportunidad de decírselo!
De hecho, sí estoy pensando en la posibilidad de volver y es casi un noventa por ciento seguro que eso sea lo que le voy a decir. Pero lo que pensé, después de indignarme un poco por su último mensaje, es que está en todo su derecho a no querer que hablemos más. Después de todo, es él el que salió lastimado y es comprensible que quiera ahorrarse más sufrimiento y que no quiera enfrentarse a la posibilidad de un adiós definitivo. Le di mi opinión (que creía que era mejor que hablemos, para que no nos queden más cosas pendientes y sepamos de una vez por todas donde estamos parados y a dónde vamos a parar), pero le aseguré que iba a respetar su decisión, porque lo que yo quería era su tranquilidad.
Veinte minutos más tarde, me decía que tenía razón y que arreglemos para vernos esta semana.
Y sí, quiero verlo. Quiero plantearle aquellas cosas que me parecen necesarias que sepa, aquellas cosas que quizás yo necesitaría para que una eventual relación entre nosotros llegara a funcionar. Quiero ver qué opina él. Quiero ver cómo me siento teniéndolo al lado, dándole la mano, escuchándolo, viéndolo escucharme.
A esta instancia, con todas estas confusiones, dolores de cabeza, vueltas y demás, no entiendo cómo es posible que la gente se relacione. Cómo es posible que no hayamos decidido ser entes solitarios para evitarnos tantas complicaciones, tantos malentendidos.
La moraleja de esta historia es que mañana tengo que ir a un lugar desconocido y que esta semana me tengo que enfrentar a una situación desconocida. Voy a esforzarme por hacer lo correcto en ambos casos, porque la verdad que ya me cansé de meter la pata, de elegir mal, de confundirme.

Y si no vuelvo a aparecer hay dos probables razones: o no logro encontrar el camino de regreso a mi casa, o bien me secuestra una banda de traficantes de órganos.

Preguntándome en qué me voy a meter ahora,

L.

. She opens her eyes .

Mi cumpleaños terminó hace tan sólo un ratito. Los últimos que quedaban eran mi hermano mayor y mi cuñada, que se quedaron jugando conmigo al juego de mesa que me regalaron y queríamos ver qué onda.
El día me resultó mucho más tranquilo y mucho más normal de lo que esperaba, teniendo en cuenta la mala onda con que lo empecé anoche a las doce. Pero... doce y diez me llegó un mensaje de Adrián y, como es bastante despistado y estaba segurísima de que con todo el lío de estos días ni se iba a acordar, me resultó una sorpresa muy agradable.
Y esta noche, justo cuando habíamos terminado de cenar, me llamó. Justo, como si tuviese una especie de censor y supiera que estaba pensando en él. En realidad... casi toda la tarde pensé en él. En que quería mandarle un mensaje e invitarlo a cenar a casa y olvidarnos de todo. Y llamó.
Y me pasó algo muy raro que no recuerdo que me haya pasado con Adrián en estos meses.
Me tiré en la cama para hablar con él, lejos del bullicio de la familia que charlaba a voces en el comedor y, mientras lo escuchaba, no paraba de sonreír como una idiota y sentía que se me hinchaba el pecho de alegría de que me llamara y me dijera todo lo que me quería decir. Por un momento, una vocecita en el fondo de mi cabeza no paraba de decirme que NO es imposible que me enamore de él. No lo es. Sólo necesito olvidarme de todos los obstáculos que me construí para evitarlo.
No sé si me estoy volviendo loca o sólo soy una indecisa del carajo. Que sí, que no... pero si tantas ganas tengo de verlo, si paso GRAN parte del día pensando en él, si me imagino cómo plantearle algunas de las cosas que necesito que cambien para que estemos juntos, si me pongo tan contenta cuando me llama o me pongo tan ansiosa mientras espero que me conteste un mensaje... ¿no quiere decir eso que por algo es? ¿No quiere decir que quizás la razón sea tan simple, tan agradable, tan accesible que la tengo ahí, frente a mis ojos? ¿No será que los mantengo cerrados para no verla lisa y llanamente porque soy una obstinada de mierda?

And you must be blind
If you don’t know why

She'll always take you for granted
A voice in the back of my mind said
You could be waiting your whole life
For her to open her eyes

L.