Anoche tuve un sueño. Pero cuando me desperté, estaba segura de que siendo tan vívido, tan preciso, no podía ser un sueño.
Era un recuerdo de mi futuro.
L.-
Anoche tuve un sueño. Pero cuando me desperté, estaba segura de que siendo tan vívido, tan preciso, no podía ser un sueño.
Era un recuerdo de mi futuro.
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L.
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12:02 a. m.
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¿Alguna vez tuvieron la sensación de tener la cabeza repleta de pensamientos, de ideas, de reflexiones y, al mismo tiempo, completamente vacía?
Eso es lo que me está pasando a mí últimamente. Por un lado, no dejo de pensar en que:
- Necesito conseguir entrevistas de trabajo enseguida;
- Necesito que esas entrevistas vayan GENIAL y tener trabajo lo más pronto posible;
- Tengo que pagar muchísimas deudas;
- ¿Por qué llegó otra factura de celular?
- Matemáticas, matemáticas, matemáticas;
- Contabilidad, contabilidad, contabilidad;
- Tengo que empezar a moverme antes de asentarme demasiado y terminar con un culo gigantesco que rebalsa de las sillas;
- ¿Cómo carajo se supone que voy a escribir esta historia de mierda?
- Uff, ¡asco, asco! ¿Por qué me siguen traumando los recuerdos de mi ex?
- Pará, ¿me estás diciendo que la tarjeta de crédito YA VENCIÓ?
- ¿Por qué mierda los putos de IBM no dan la cara y me pagan de una vez lo que me deben?
- ¡¿Cómo es eso de que suspendieron el recital de Green Day?!
Pero, por otro lado, nada. Un zumbido. Silencio. Ni la más mínima actividad cerebral. A pesar de todas las preocupaciones y los quilombos que se me están viniendo encima, parece que sigo funcionando en piloto automático. Estoy en ese momento en que yo tiro currículums a dos manos y trato de hacer que las cosas funcionen, pero dependen sólo un 50% de mí. Porque por más que haga lo que haga, lo que necesito es que alguien me llame. Se interese, se de cuenta que puedo hacer algo, por poco que sea. Necesito que me den una oportunidad.
Mientras tanto me estreso sobremanera pensando cómo voy a hacer para pagar las facturas que se acumulan sobre mi escritorio. Me quedo encerrada en casa por el mero hecho de no tener que pedirles a mis viejos que me den plata para salir. Me tiro en el sillón todo el día a mirar el mundial (¡sí, yo mirando fútbol!) o devoro libros uno tras otro sólo para matar el tiempo. Me doy cuenta que la vida que estoy llevando me va desgastando y trato de concentrarme en otras cosas y simplemente me termina ganando la preocupación, el stress y la montaña de problemas, que ya es demasiado alta para mi pobre metro sesenta (bueno, está bien… metro cincuenta y ocho).
Trato de relajarme y no desesperar. Todos los días me digo a mí misma que ya va a aparecer algo. Lo que pasa que cada vez me cuesta más convencerme, a medida que pasan los días y voy faltando a la promesa que me repito incansablemente.
Más que nunca estoy vagando entre live blogs y life doubts.
Lo único que me anima en éste momento es saber que estoy sola, no necesito estar fingiendo que me importa una relación que no me hace feliz. Me anima saber que soy yo misma y que no necesito de otra persona para sentirme completa.
Me anima que Tim haya dejado atrás la vergüenza y se haya decidido a cantar Your Love en vivo. Me anima todavía tener cosas como esas, que parecen insignificantes, pero me arrancan una sonrisa a pesar de todo.
L.-
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L.
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11:18 p. m.
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Si por una de esas casualidades alguno de ustedes (con ustedes, me refiero a las no-personas que no me leen, porque cada día estoy más convencida de que escribo esto sólo para releerlo yo en momentos de ocio o mala memoria) está mirando este posteo parado, recomiendo que se siente. ¿Ya está? ¿Seguro? Porque tengo un anuncio que sin lugar a dudas nadie espera, así que después no quiero reclamos de que les duele el cabúz por caerse al suelo, ¿eh?
Mañana... empiezo particular. ¡CHAN!
Bueno, sí. Quizás después de tanto preámbulo esperaban una noticia más spicy. Pero, ¿qué puedo decir? En mi vida hay menos condimento que en la dieta de un hipertenso. Podría resumirles el día que tuve hoy en sólo tres palabras y con eso me alcanzaría para probarlo: libro, escribir, televisión.
A lo que voy, al fin y al cabo, es que finalmente me armé de valor (y me repetí como setecientas veces la farse motivadora que me dijo Paula hace no mucho, dícese seguroquejayneterminólasecundaria) y hace unos días llamé finalmente a un instituto y me anoté para empezar. Así que mañana es mi primera clase (de momento, matemáticas) y por un lado estoy implorando a los cielos que mi cerebro no esté demasiado oxidado, porque a estas alturas, ya no me acuerdo ni las tablas de multiplicar.
Los números siempre fueron mis enemigos. Nunca nos terminamos de entender. Las letras, sin embargo, me guiñaban un ojo y me invitaban a leer algún libro o a escribir una oración de sujeto y predicado, sabiendo que sin ellas, no me quedaba más que una cabecita apta para nada. Pero sin una calculadora entro en pánico. Los polinomios y los ángulos obtusos se burlaban de mí desde mis hojas cuadriculadas y se mataban de la risa cuando desaprobaba las evaluaciones. Las buenas notas en Historia, Geografía y Lengua (por suerte pocas veces bajé del ocho en las dos primeras, y nunca jamás bajé del nueve en Lengua y Literatura) poco alcanzaban para compensar el fracaso numérico, teniendo en cuenta que mi educación secundaria (si se puede llamar así a estas alturas) tenía una orientación económica.
Y ahora, casi cuatro años más tarde desde que me "gradué", todavía tengo que pensar en mesas, en profesores, en clases particulares.
What I was isn't what I am
I'd change back, but I don't know if I can.
El colegio fue, sin lugar a dudas y como calculo que ha de ser para un buen porcentaje de la gente, la peor época de mi vida. Quizás si no hubiese estado tan ocupada sintiéndome humillada, sola, deprimida y, sí, tengo que decirlo, terriblemente gorda y fea, hubiese tenido tiempo de ocuparme de las materias que estaba adeudando. Las cosas que me resultaban simples y no me daban tantos dolores de cabeza, lograba hacerlas desde un huequito de mi caparazón invisible, que sin embargo estaba llenísimo de grietas de todos los proyectiles (en forma de bromas, insultos y desilusiones) que me habían arrojado. Pero ¿matemáticas? ¿Contabilidad? ¿Biología? ¡Y no me hagan hablar de Educación Física! Todas esas cosas me resultaban imposibles, complicadas. Me hacían sentir estúpida, impotente, asqueada, confundida, torpe y, otra vez, gorda.
Cuando llegó mi último año (allá por el 2006, así que empiezo a sentirme paulatinamente vieja), tras una gran crisis de nervios durante las vacaciones de invierno en que lloré y lloré y lloré otro poco más, mis señores padres (siempre unos santos en éstas cuestiones, ¡y han tenido que aguantar cada cosa!) me permitieron que dejara de asistir regularmente a la escuela y rindiera libre todas las materias, con tal de no tener que verme arrastrándome como la imagen misma de la depresión por toda la casa.
Así que feliz y libre, pasé el resto del año intercalando los estudios con la escritura, que me estaba tomando terriblemente en serio (época Green Stories, ¡gloriosa!). Orgullosamente, puedo decir que, a fuerza de horas y horas de biblioteca, aprendí solita, sin más referencias que el programa que me dieran en el colegio, los contenidos de todo un año escolar. En diciembre de ese mismo año rendí en tres días seis materias exitosamente. En febrero otras cuatro más (incluida Cálculo Financiero, que no entendía ni J, y sin embargo me senté, obstinadamente, frente a la carpeta y las fórmulas durante un día entero y la aprobé con un flamante siete - ¡toda una proeza en las mesas recuperatorias!). Y la cantidad de deudas se redujo a tres que, por temas laborales, económicos y, por qué no, también vagancia, se fueron dejando de lado. En 2008 me saqué de encima Biología (había asistido a sólo dos clases en todo el año porque odiaba al profesor y él me odiaba a mí. Simple) con un ocho que jamás en mi vida hubiese esperado y, finalmente acá tengo frente a mí a recta final. Las últimas dos. Un peso sobre cada hombro todos los días de mi vida (especialmente durante las entrevistas laborales. Constantemente aterrada de que me pidan el título secundario).
Pero se acabó. Porque conozco mi potencial. Sé que puedo. No puedo seguir aplazando esto por meido, por fobia o por lo que sea que me esté pasando por dentro. Son dos exámenes de mierda. ¿Qué es tan terrible? ¿Que me digan que está mal y tenga que volver ooootra vez? Por más que me perturbe poner un pie adentro del colegio, la gente que me traumaba tanto ya no está. Las posibilidades de que me los encuentre son mínimas. (Aunque me deprime el hecho de que lo más probable es que todos esos burros ignorantes hayan egresado antes que yo, que muchas veces, por idiota, les hacía las evaluaciones a escondidas).
Mientras escribo esto, casi puedo escuchar la dulce voz de Tom en mi oído: Still I'll try, try again, try again... que me anima, me empuja, me da confianza de a poquito.
Que sea lo que tenga que ser, pero esta etapa empieza ahora.
L.-
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L.
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11:41 p. m.
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Durante estos días en que no pude actualizar mi blog, no me pasó nada interesante. Nada. De nada.
Bueno... una entrevista de trabajo que no llegó a nada, pero eso es todo. No sé si eso puede o no considerarse interesante.
Lo único que puedo contar es que hace... ¿tres semanas? finalmente me decidí y completé mi transcición a totalmente vegetariana.
Para aquellos que no saben, toda mi vida fui un desastre para comer. Nunca me gustó nada. Mi madre se ha vuelto loca conmigo cada vez que tenía que cocinar. Lo único que comía bien, sin chistar eran pastas y... carne. Me devoraba los asados de los domingos. Hasta que un día mi papá tuvo la desgracia de darme un pedazo poco cocido. Lo corté y encontré una vena. Me asqueé.
Poco después, alguien me explicó a qué parte del cuerpo del animal corresponde cada achura. Segunda asqueada.
No mucho tiempo más tarde, mi hermano y yo compramos pollo frito en Wal-Mart. Cuando lo pinché con el tenedor me saltó un chorro de sangre.
Gradualmente fui eliminando el asado. Churrascos out. Y, un día hace dos años, me intoxiqué taaanto con una hamburguesa de McDonald's que no volví a tocar una hamburguesa. Ni siquiera marca Patty. Nada de nada. Nunca más.
Algunos días después de eso mi mamá hizo milanesas. Me comí el pan rallado y dejé la carne.
Pero en el camino no solamente dejé de comer cortes vacunos o de cerdo por pasarme una semana vomitando gracias a un puto cuarto de libra con queso. Me concienticé. Me di cuenta que lo que estaba comiendo era un animal que, les guste o no a aquellos que comen carne, fue asesinado para que nosotros podamos alimentarnos, como si tuviéramos derecho a depender de la vida de algo a nuestro antojo. Animales que sienten dolor tal y como nosotros lo hacemos. Que porque no se levanten todas las mañanas y se vistan para ir a trabajar, no quiere decir que sean inferiores. Que porque no tengan voces propias no quiere decir que podamos silenciarlos.
Así que hace unos cuantos días eliminé por completo lo poco de carne animal que todavía consumía (algún que otro pedacito de pollo y jamón). Porque cuando comemos, como con cualquier otra cosa que hacemos en nuestras vidas, estamos tomando una decisión. Y yo decidí que yo no voy a disponer de la vida de un animal a mi antojo, teniendo otras cosas que puedo comer sin causar ningún dolor. Y que puedo vivir de una manera más sana, feliz y consciente sin perder los nutrientes que mi cuerpo necesita para seguir funcionando.
Al principio creí que iba a vivir a milanesas de soja y ensalada, pero me equivoqué. Descubrí que puedo comer cosas riquísimas (muchas que jamás había querido comer antes) sin necesidad alguna de incorporar ningún tipo de carne. Descubrí que me encanta experimentar todos los días en la cocina, incorporando cada vez más cosas que son buenísimas y que me venía perdiendo. Descubrí que me siento mejor de verdad, que las comidas ya no me caen tan pesadas y que es probable que nunca antes haya estado tan saludable.
Mi viejo está completamente en contra. Es un carnívoro de pies a cabeza. No importa qué coma, siempre tiene un pedazo de carne en un lado de su plato. No hace otra cosa que decirme que en un mes voy a tener una anemia de aquellas. Me pone caras cuando ve lo que me sirvo para comer.
Mi mamá está en un cincuenta y cincuenta. Cocinamos juntas y se copa a comer lo mismo que yo. Pero de vez en cuando me quiere deslizar un poco de jamón en alguna comida "para darle gusto". No entiende que muchas veces ser vegetariano no es sólo no comer carne, sino tratar de extender eso a otras cosas, como a no comprar botas de cuero, por ejemplo. Ella sólo dice que no tiene ganas de escuchar tantas boludeces y que tampoco me vaya al otro extremo.
No sé si es un extremo o no. Supongo que eso queda librado a la perspectiva de cada uno. Pero si ese extremo es un mundo donde los animales no se mueren para darnos de comer, para abrigarnos, o sólo para cosas más superficiales, como vernos increíbles con una cartera o un tapado de pieles... quizás yo quiera estar en ese extremo. Baby steps, dicen. Pero llegar. Porque al fin y al cabo parece un mundo mejor.
Algunas páginas si quieren chusmear:
Unión Vegetariana Argentina
HazteVegetariano.com
PETA en Español
Y algunos testimonios válidos que encontré por ahí!
Ojalá esto sea sólo un comienzo. Si yo me desperté y me decidí, quizás el resto de la sociedad también lo haga. Eventualmente.
L.-
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L.
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10:27 p. m.
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Labels: animales, comida, padres, trabajo, vegetarianismo
¿Me podés creer que así, de la nada, de repente se me da por probar a ver si puedo entrar a todas las páginas que mi computadora me venía bloqueando, y descubro que FUNCIONAN?
Oh, sí. Maravilloso.
Mañana vuelvo con mi amado blog, al fin.
L.-
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L.
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12:02 a. m.
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¡Dios, como extraño mi blog!
Como odio mi computadora y su conexión pedorra que no me deja hacer lo que quiero y usar las páginas que me resultan indispensables.
Pero fuera de este descargo racional (sí, racional), es entes momento estoy fantásticamente bien. No se debe a que conseguí trabajo (de hecho, por ese lado, viene todo BASTANTE fallido). No se debe a que me gané el telekino (cosa que me hace acordar que mi mamá me pidió que comprara uno y no lo hice). Tampoco llegó esa propuesta matrimonial de Tim Rice-Oxley que vengo esperando largamente (¿pueden creer que ni una puta carta me responde?). Lo que me hace feliz es que tengo, justo en mis manos el nuevo EP de Keane, Night Train, después de taaanto exigírselo a la maldita discográfica que cada vez nos da menos pelota.
Lo estoy escuchando a un volumen aceptable, sentada en la compu de Paula en su habitación de su departamento en Caballito, con Camila sentada al lado mío, después de una linda caminata por Avenida Rivadavia en busca no sólo del disco sino de un par de cosas más (alimentos varios para mi traspaso de semi-vegetariana a vegetariana casi completa) y un pequeño stop para almorzar con Cami. Uno de esos maravillosos rituales de día de semana que tanto nos gustan.
Breve lapso de no-inspiración mientras suena la canción Ishin Denshin que grabaron con Tigarah y para la cual no encuentro explicación alguna.
Y ahora con Your Love renacen las ganas. Lo cual me recuerda que en estas últimas semanas en que estuve desconectada de mi blog, lo único que hice fue darle vueltas y vueltas a historias que quiero escribir para mi recién estrenado Keane Fics. Claro que no fue tarea fácil, teniendo en cuenta que no hago otra cosa que lamentarme por mi mala suerte, por lo mucho que necesito encontrar trabajo y la más que triste cantidad de horas que termino sentada frente a la televisión sólo para no mirar más el techo y darle cuerda a mis pensamientos poco favorables.
Otra de las tantas noticias felices que recibí en estos días es que en Octubre viene Green Day. Por supuesto, esto inició un pequeño lapso de depresión de ¿¡CÓMO SE SUPONE QUE VOY A PAGAR LA ENTRADA!?, que terminé limando escuchando bien fuerte sus discos más gritones. Eso sí que descarga tensiones.
Y anoche fui al recital de Yann Tiersen (otra deuda) en Samsung Studio. Tengo que decir que estuvo muy bueno, pero no superó mis expectativas. Como siempre la gente que se para adelante de uno termina siendo más alta. Así que no pude ver perfecto, pero sí escuché perfecto (aunque la acústica no era nada del otro mundo) algunos temas, a pesar de que los que yo realmente tenía ganas de escuchar faltaron en su mayoría.
Tengo la sensación de que le estoy perdiendo el hilo a este blog. Necesito retormarlo cuando antes. Pero tener a Tom y a K'naan cantándome Looking Back en éste momento no me ayuda demasiado.
Simplemente no quería dejar demasiados espacios en blanco en este, mi humilde diario online. Para espacios en blanco ya tengo mi vida cotidiana, que sin importar cuántos discos increíbles tenga en el camino, se sigue cayendo a pedazos.
L.-
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L.
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5:44 p. m.
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Esto de que mi conexión a Internet esté en coma me está aniquilando. Me di cuenta de que me volví una completa blog-dependiente. No le veo nada malo, sin embargo. Un buen canal para descargarse no le hace daño a nadie: escribir (sea lo que sea que se escriba) le hace bien al alma.
Hoy (cuando escribo esto, al final del día 29 de abril) estuve desanimada. Un poquitín rota. Un poquitín triste. Un poquitín desilusionada. Un poquitín yo. Porque, al fin y al cabo, siempre me decepciono a mí misma. Y necesito empezar a cambiar eso.
Una fanática de Keane que sueña con ir a Inglaterra ya roza los límites del cliché, pero, aún así, mi deseo de huir a tierras más lluviosas nació hace tanto tiempo que ya no me puedo acordar cuándo fue. Quizás cuando de chiquitas con Paula nos sentábamos en el piso de mi habitación y planeábamos nuestras vidas en una hoja de papel: dónde tendríamos nuestro departamento, qué mascotas tendríamos, a quién le tocaría limpiar el baño, a dónde nos íbamos a ir de vacaciones, de qué color serían nuestras paredes. Ingenuas, por supuesto, porque todo eso no cae del cielo. Pero así y todo estaba muy bueno pasar las páginas de enciclopedias de Geografía y detenernos en los lugares a los que teníamos pensado ir. Y Londres siempre fue una posibilidad.
Desde el primer día de mi primer trabajo mi meta fue juntar lo necesario para un pasaje a El País de Las Maravillas: nunca nada salió como quería. O me iba mal en el trabajo, o el sueldo no alcanzaba, o mis ganas y mis fantasías se pinchaban o surgían problemas que hacían que mis reservas de dinero desaparecieran (¿no es increíble cómo nuestras mascotas tienen accidentes justo cuando la familia pasa por un mal momento económico y hay que salir corriendo al veterinario con los pobres vestigios de tu cuenta bancaria?). De a poco, mi London Dreaming se fue desvaneciendo, haciéndose gris, borroso a la distancia.
Pero nunca desaparece del todo. Cada tanto siento ese pinchazo en el pecho que me lo recuerda. Esa emoción mal disimulada que no puedo contener. Esos planes que no puedo evitar hacer aunque de acá a muchos años puedan variar.
Por eso hoy la depresión me hincó los dientes: porque no hay nada que quiera más en éste mundo que llegar a ese lugar tan hermoso, tan mágico, tan deseado y dejarme tentar por mis sueños. Establecerme. Armar lo que el país que debiera ser mi hogar me tira abajo como un precario castillo de naipes olvidado en la mesa del patio una tarde de viento huracanado. Ver que puedo. Entender que puedo. Aprender que puedo.
Nadie dice que las cosas sean fáciles. De hecho, si las cosas fueran tan fáciles como nos gustaría, a esta altura yo ya estaría casada con Tim Rice-Oxley, escribiendo mi décima novela de éxito mientras espero nuestro segundo hijo, felizmente asentada en una casa estilo Tudor en Sussex, manejando un híbrido y pasando fines de semana románticos con mi marido en Francia.
Decidí armarme de paciencia. Pero esta decisión se basa en sólo un argumento: no me queda otra. Si no me armo de paciencia voy a terminar mandando todo a la mierda en dos horas y media y resignándome a vivir en Monte Grande, partido de Esteban Echeverría, zona Sur del Conurbano Bonaerense, suburbio de porquería, quinto círculo del infierno, por el resto de mis días. Condenada a soportar a mi vecino de enfrente escuchando cumbia los fines de semana a un volumen insalubre, a los pendejos de mierda de la esquina tirando cohetes ruidosos aún en épocas no muy festivas (y a veces a los pobres perros callejeros), a encontrarme gente indeseada cada vez que me aventuro a ir un poco más al centro, a no poder tener una conexión de Internet NUNCA porque acá nadie tiene computadora.
Mi paciencia, por ahora, se traduce en un simple plan de cinco pasos.
1- Rendir las materias.
2- Conseguir trabajo.
3- Estudiar algo feliz.
4- Ahorrar, ahorrar, ahorrar.
5- Irme a la reverenda mierda que me parió.
Ojalá pudiera ponerme un plazo de… no sé, dos años. Y estar totalmente segura de que lo voy a cumplir, obvio. Pero eso no me funcionó anteriormente.
Lo único de lo que estoy segura es que pienso llegar a Inglaterra un once de abril.
El año depende de cuánto tarde en espabilarme.
L.-
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L.
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4:15 p. m.
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Labels: cambios, depresión, England, Pau, planes, realidad, sueños, Tim Rice-Oxley, viajar
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